¡Viva el vino!

El beber está de moda. Bien sea para deleitar el paladar con un buen caldo de las mejores uvas, para celebrar algún acontecimiento en buena compañía o, para qué engañarnos, olvidar las penas; lo de deleitarse con un buen vino está en boga. Y lo más curioso es que parece que todo el mundo sabe de vino.

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“Yo sólo bebo Gran Reserva porque mi paladar es capaz de discernir el leve cariz de frambuesa de la riviera francesa en el momento que la lengua roza el brebaje divino”. Cuanto mal ha hecho Internet, todo el mundo es sumiller, enólogo y sabio de la uva. Lo confieso, siempre he sido más de tinto que de blanco, quizás hasta un poco racista vinícolamente hablando pero el sábado todo cambió.

lost_in_la_concha_txakoli_ameztoi_getaria_euskadi_pais_vascoTuve la enorme suerte de ser invitado a un paseo por las instalaciones de Ameztoi en Getaria. Había disfrutado de las bondades del pueblo, sin saber que en los colinas de los alrededores se plantaban las uvas responsables de un espectacular brebaje del que ya soy fan, el txakoli.

lost_in_la_concha_ameztoi_getaria_euskadi_pais_vascoUno se sacrifica por la causa, y estoy obligado a analizar todas las costumbres terrícolas, así que poder conocer los secretos de la elaboración del vino en cuestión era importante. Y ya que estamos, pasar un buen rato en la mejor compañía, como no. Al final, lo que me quedó claro es que lo importante no es si el vino ha tenido 10 años para envejecer en barrica de roble americano o francés. O si se aprecia el leve toque de enebro cuando el líquido desciende por la garganta. Como un terrícola sabio me comentaba durante una excelente comida regada por litros y litros de txakoli, el buen vino se asocia a momentos y personas. Un gran reserva no tiene por qué ser mejor que un vino del año por decreto ley. ¡Si hasta he tomado vino con pomelo! No hay que tener miedo a probar cosas nuevas señores, y hay vida más allá del Rioja.

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En resumen, fue un gran sábado. El problema llegó al intentar volver a la nave. Tome la costa como guía, pensando que si seguía la línea del mar, llegaría a mi amada Concha sin problemas. Cuando aprecie el contorno del Museo Guggenheim en la lejanía me di cuenta que mi teoría inicial era válida, si escogía la dirección correcta. Finalmente llegué a mi hogar, con mi cajita de txakoli para rememorar los buenos momentos vividos en la nave. El dolor de cabeza del día siguiente es otra historia. Y puedo decir sin sonrojarme que yo ERA de tinto, pero me he abierto a experiencias nuevas. ¡Viva el vino!

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