¿Qué hora es?

El tiempo es algo relativo. Se genera un agujero de gusano y al traste todas las leyes del antes, el después, el ahora y el luego. No voy a entrar en complejas explicaciones que no nos llevarían a ningún sitio puesto que si tengo que investigar este planeta, debo regirme por el horario terrícola. Ahí donde fueres, haz lo que vieres.

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Es hora de levantarse, poner los tentáculos sobre el frío suelo de la nave y espabilar un poco. El 2014 ya pasó, los excesos navideños han quedado atrás y es el momento de sacar el jugo al nuevo año. Pero, el tema de las alarmas para despertarse es un invento maligno en este planeta, el mío y en toda la galaxia. Quien consiguiera dar con un sistema para lograr que todo el mundo se pusiera en marcha de manera suave y agradable por la mañana, se forraba fijo.

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Es el momento de aprovechar cada minuto del día, disfrutando de las bondades de este planeta. La Concha es el epicentro, y yo estoy en la mitad acompañado por unos relojes conocidos en cada rincón de esta ciudad. La verdad es que elegantes son. Lo que agradezco es que no tengan segundero. Soy incapaz de dormir con un reloj que haga ruido así que, el silencio de estos relojes es un punto a su favor. Eso sí, admito que de noche no se ven demasiado. Quizás debería proponer al Ayuntamiento que los conviertan en relojes digitales con esfera luminosa; me lo apunto en la agenda.

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Es también tiempo para seguir aprovechando las bondades gastronómicas de la ciudad, y nada como una parada en el reloj del Boulevard para juntarse con la kuadrilla. Tras la vorágine navideña la ciudad está mucho más tranquila y toca gozar. Bien sea para comer, para beber, o por qué no, hacer un poco de running; este txoko es conocido por todos los donostiarras. Es su lugar de reunión por excelencia.

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Pero sobre todo, estamos en enero, y toca afinar tambores. Hay que barnizar los barriles. Toca lavar el traje de cocinero porque en breve, este reloj marcará las 00:00 del 20 de enero y ¡llega la tamborrada! Sabéis que es de mis fiestas favoritas de la ciudad, y además os voy a contar un secreto. ¡Estreno traje y voy a ir más guapo que un San Luis! Pues eso, que es la hora de aprovechar el tiempo. 2015 va a ser un gran año y toca disfrutar cada segundo.

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La Concha, el centro del ñoñostiarrismo

Llevo ya bastante tiempo aquí, hemos hablado un poco de todo y un poco de nada, pero me he dado cuenta que de que no le he dado el lugar prominente que se merece a esta bahía, mi nuevo hogar, La Concha.

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Según he podido leer y observar, se considera al donostiarra soso, sin gracia, demasiado ñoño, en definitiva, se les llama ñoñostiarras. Y yo sólo digo… ENVIDIA! Que mala es la envidia. Pero claro, con semejante panorama delante no es de extrañar. No me canso de esta imagen. Todas las mañanas cuando me levanto miro la hora en una de las zonas más espectaculares de la bahía.

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Justo al lado de ese templo a la gastronomía que consideramos el Restaurante Narru y del que ya hablamos están estos bonitos relojes. En la zona central de la bahía me dan los buenos días. Estoy planteándome seriamente instalar una alarma en el reloj para despertarme por las mañanas con ellos pero, no sé si los vecinos estarán de acuerdo.

Vale, estamos en los relojes, ¿hacia dónde tiramos? La verdad es que es curioso que tan poca distancia de para tanto. Hoy, vamos a alejarnos un poco del bullicioso Alderdi-Eder y el bello ayuntamiento. Hay mucho que ver y por descubrir.

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Con sólo cruzar el túnel que pasa por debajo de esa belleza que es el Palacio de Miramar, llegamos a la playa de Ondarreta. La hermana pequeña de La Concha es una playa con carácter propio. Además, estos días con mareas muy bajas el espectáculo que ofrece al paseante es digno de verse. Las mareas bajas dejan a la vista el lecho marino e incluso se pueden llegar a divisar a veces los cimientos de una antigua cárcel de la zona. Estoy bastante convencido que es factible llegar hasta la isla sin mojarse si la marea está suficientemente baja.

Nos vamos acercando poco a poco al monte Igueldo, que según parece, es otro lugar que debo investigar a la mayor brevedad. Pero, hoy toca seguir el curso de la bahía por el paseo. Así, como quien no quiere la cosa, el camino acaba en uno de mis rincones favoritos de la ciudad.

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El Peine del Viento es uno de los lugares más bellos que he podido visitar de todas las galaxias que he estado. Mezclando montaña, mar y el poderío de la piedra y el metal, se convierte en el lugar ideal para disfrutar y relajarse. Y si el tiempo es tan espectacular como el del pasado fin de semana, no se puede pedir más. Aunque, confesaré que lo he visto con lluvia y viento, y la vista sigue siendo digna de admiración.

Es curioso como una zona de tan pocos metros cuadrados tenga tantos huecos por descubrir, agujeros por los que sale el mar en días de mar movida, rocas, acantilados… ¿qué más se puede pedir?

Sólo hemos rozado algunas de las maravillas de esta bahía, tener estos tesoros a dos pasos de la nave es algo que no habría ni imaginado cuando mi nave se estrelló por aquí. Poco a poco voy desentrañando los misterios que ofrece, y porque no, cada vez soy más ñoñostiarra. ¡Y a mucha honra!