Cuando el hambre aprieta…

Vamos, no lo neguéis. Sé que cada uno de vosotros lo ha visto. Algunos lo habéis hecho de reojo, con media sonrisa, haciéndoos los escandalizados; otros os habéis dedicado a darles ánimos deseando ver cómo acababa la cosa. El 99% de vosotros tenéis Whatsapp, yo mismo estoy en ese clan de mirones cotillas. Ay pillines, que voyeurs sois. Bueno, somos, que uno cada vez es más terrícola y confieso que he recibido el video en cuestión de tres vías diferentes. Por si algún despistado no se ha puesto al día con el video más viral de los últimos días en Donostia y alrededores aquí le podéis echar un ojo. No es apto para recatados ni ojos sensibles… Ese vídeo, sí, ese vídeo.

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A ver criaturitas, que no, que no es el momento ni el lugar. Tengo claro que en tiempos de guerra, todo agujero es trinchera pero… No por favor. Siempre me habéis dado envidia los terrícolas con esto del roce, el cariño y las muestras de amor. Sabéis que no se me da del todo bien y todavía no he tenido demasiado éxito en mis aventuras de ligoteo pero, lo de desfogarse en el Alderdi Eder a esas horas cuando pasa gente no sé yo si es lo más apropiado. Aunque, la cosa estaba para sacar las palomitas y empezar a jalear.

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Esta ciudad está llena de sitios más recónditos, no lejos de la bonita bahía que ofrecen mayor privacidad; lo cual me parece imprescindible para ponerse a tono. Cada uno con sus vicios y perversiones pero, opino que saber que tu trasero está siendo observado, analizado y criticado por media ciudad, no levanta ni el mástil de un pequeño velero. Vale, en los lugares escondidos hay otro tipo de enemigos como los animales salvajes, si te buscas un huequito en Cristina Enea, un pavo real te puede dar un buen susto. Eso sí, el tema quedará entre tú y el pavo real, no se tiene que enterar nadie más.

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Vivimos en una ciudad turística, llena de opciones de alojamiento. Algunos me dirán que falta presupuesto pero no estoy diciendo que por un calentón haya que irse al Maria Cristina, eso se deja para más adelante cuando se quiere disfrutar de una velada romántica. Honestamente, creo que un buen colchón en la pensión más económica seguro que es más cómodo, y sobre todo rozará menos que las hierbas del Alderdi Eder. Además, no corres el riesgo de restregarte con regalitos dejados por algún animal que ha decidido hacer sus necesidades en los jardines del Ayuntamiento. Hasta los soportales de alguna plaza pueden llegar a ofrecer un entorno más romántico que el del vídeo.

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Y ¿por qué no aprovechar esos endiablados inventos de cuatro ruedas que utilizáis para trasladaros de un lado a otro? Eso os da lugar a seleccionar un bonito lugar romántico. Vale, que muchas veces no hay ni tiempo para preliminares pero, algo más de privacidad tendréis digo yo. Puede que si el vehículo en cuestión no es muy grande, además de desfogarte un poco, puedas aprovechar para hacer interesantes ejercicios gimnásticos para mejorar tu flexibilidad, así que se obtiene un dos por uno en toda regla.

Ahora que lo pienso, una vez solucionados mis problemas de humedad en la nave, se ha convertido en un rincón agradable en el fondo de la bahía. Quizás sea el momento de sacar jugo al enclave privilegiado, alquilando algunas zonas de la misma por horas. ¡Hay que ser emprendedor!

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¿Hace usted algo más que comer Teniente Gorb?

Mensaje cifrado del General Supremo al Teniente Gorb

Estimado Teniente Gorb, una vez analizado su último comunicado, hemos considerado que el potencial de La Concha merece la pena una misión de reconocimiento exhaustiva y permanente. De hecho, todas las naves de la flota como bien sabe están ocupadas, así que aproveche su tiempo. Consideramos que la misión de salvamento tardará un poco, es complicado maximizar los recursos de la flota interestelar. Le enviaremos provisiones lo antes posible.

Lo único, hemos constatado que el grueso de su tiempo se consume en centros de alimento y llenando los estómagos. Un aguerrido explorador debe dedicar su tiempo a investigar y conocer nuevos territorios, no sólo sitios de comer. Por favor, rogamos que amplíe sus horizontes y no sólo se dedique a catar los manjares de esa tierra.

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La verdad es que este mensaje me generó sensaciones encontradas. Por un lado, saber que estoy en el radar del General Supremo es bueno, aunque parece que tardarán un tiempo en dar conmigo. Y eso de que sólo me dedico a comer… Vale, bueno, quizás no le falta razón pero, es que todo está tan bueno por aquí. Este es el séptimo cielo para un pobre alienígena de siete estómagos como yo. Así que me decidí a caminar y meditar sobre mis próximos pasos. Y como no, acabé tomando un pintxo, que pasear da mucha hambre.

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El Bar Bergara, está situado cerca de la playa de Gros y un poco alejado de mi principal centro de acción por la ciudad pero, creo que volveré sin dudarlo. ¡Esa barra de pintxos de la que nunca sabes que escoger! Y esa carta de pintxos calientes, de los que escogerías todos y cada uno de ellos para degustarlos poco a poco. Mucho gente extranjera comete el error de centrarse en la barra sin valorar lo que un pintxo caliente de la cocina le puede ofrecer. Yo ya me voy donostiarrizandome poco a poco, y por consejos de San Google, opté por la Txalupa. ¡Ay la txalupa! Qué rico, me dejó sin palabras. Y mira que de eso a mí me suele sobrar.

De vuelta a la nave relamiéndome todavía, me di cuenta que existía un local en el que todavía no había puesto mis tentáculos así que, animado por la explosión de sabores de los pintxos, decidí seguir con la orgía gastronómica. De perdidos al río, tras el rapapolvo del General Supremo, ya habría tiempo de retomar las labores de investigación y conocimiento de Donostia.

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Que voy a decir de los manjares con los que me pude deleitar en el Restaurante Narru. En un entorno privilegiado que compartimos, La Concha, está este restaurante que ha sido para mí al menos todo un descubrimiento. Tras deleitarme con unos hongos y unas almejas a la plancha, pasé por disfrutar del arroz meloso. El plato principal fue su conocido secreto ibérico. Imaginad lo bueno que estaba que se me olvidó hasta sacar el correspondiente documento gráfico. Todavía salivo pensando en esa cena.

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Donostia es uno de los pocos lugares del universo en el que he podido satisfacer mis siete estómagos de manera satisfactoria, y todo ello en un marco incomparable. Lo he repetido más de una vez y lo seguiré haciendo hasta la saciedad, soy afortunado. ¿Qué me dejan aquí abandonado? Pues nada, peor para ellos, yo seguiré disfrutando de la gastronomía local. Eso sí, probablemente tendré que intentar incluir más misiones de reconocimiento de la zona, que todo no va a ser comer. Aunque haya recuperado la costumbre de ejercitarme tras el disgusto inicial, no puedo seguir dedicándome exclusivamente a la gastronomía local. Para empezar, he organizado ya mi plan de acción para el Festival Internacional de Cine de San Sebastián que comienza el viernes. Os iré contando, pero la verdad es que promete, la ciudad tiene un aire distinto, a estrellas, y no alienígenas precisamente.

Saboreando jazz en un lugar llamado Mugaritz

Esto de ser un intrépido explorador tiene sus riesgos. Cuando selecciono algún espécimen para ocupar su lugar las cosas pueden salir bien, y otras, pues no tanto. Hace unos días acabé pasando la tarde pelando patatas en un local que no tenía apropiados sistemas de ventilación. Digamos que perdí bastante masa corporal a base de transpirar.

El domingo sin embargo fue de esos días afortunados. Seleccioné un joven terrícola al azar, y cruce todos los tentáculos para ver dónde acababa. ¡Y qué gran tarde! En un principio me preocupé un poco pues nos alejamos bastante de terreno conocido para mí. Quiero pensar que por La Concha y el centro de la bella Donostia me manejo bien. Pero esa tarde, nos montamos en un vehículo de cuatro ruedas que nos llevo a un pequeño oasis entre las montañas.

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Según he podido descubrir, se trataba de Mugaritz, un conocido lugar de peregrinación para los gourmets de todo el mundo. Ya hemos hablado más de una vez que esta gente disfruta en el acto de comer, y yo no pienso decir nada en contra. Yo y cada uno de mis estómagos nos encontramos en el séptimo cielo. Mi visita a este curioso lugar no desmereció su fama. Primero pude disfrutar de su huerto particular en el que pude constatar que hay mucho más allá del azul del mar. Me empiezo a hacer fan del verde también.

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Acostumbrado como estaba a alimentarme a base de compuestos alimenticios generados en un laboratorio, descubrir todos estos regalos de la naturaleza en este lugar me hace pensar seriamente en quedarme en este planeta. Y eso que cuando vi que nos ofrecían piedras muy parecidas a las que hay en el fondo de la bahía para comer, a punto estuve de salir disparado y no parar hasta volver a la playa.

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Un mordisco lleno de dudas, me descubrió que no se trataba de piedras. Eran unas sabrosas patatas con una salsa que las hacía irresistibles. Una vez perdido el miedo, me lance sin miedo a los macarons de Idiazabal y morcilla, las espinas de rodaballo o el cochinillo con frutos secos. Unos elegantes especímenes vestidos de negro se mostraban dispuestos a satisfacer cualquier necesidad por lo que disfruté de la experiencia al máximo. En el momento que nos informaron que pasáramos a la terraza, me lamenté pensando en cuánto tiempo pasaría hasta que iba a poder alimentarme tan bien. La estricta dieta de algas de la bahía que mantengo si no consigo algo mejor en mis misiones, se hace mucho más dura cuando consigo vivir experiencias gastronómicas como esa.

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Pero la magia de la tarde no había hecho más que empezar. Descubrí que lo que tocaba era experimentar con los oídos tras haber satisfecho el apetito. ¡Había conseguido colarme en un concierto del Jazzaldia! Durante los últimos días he podido disfrutar de los conciertos en la playa y su música me ha acompañado mientras observo las estrellas en mi nave y echo de menos, sólo un poquito, mi hogar. En este caso, de la mano de Erik Friendlander pude disfrutar de un bello atardecer con un concierto de un extraño instrumento de cuerdas que llaman violonchelo.

Ya llevo 2 meses aquí y no parece que tengan prisa en venir a rescatarme pero, no me quejo. En lugares mucho peores podría haber ido a parar. Esta gente sabe disfrutar de lo que hace y me ha encantado la idea de mezclar la gastronomía y la música. Son ideas que pienso exportar a mi planeta. Me voy a forrar.