El otoño ya llegó

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Se acabaron los anocheceres románticos por la Concha. Han desaparecido los turistas, bueno, algunos rezagados quedan, y con el Puente más. El verano se despidió de Donosti con el Zinemaldi hasta el año que viene y toca desempolvar los paraguas. Los donostiarras nunca tienen lejos ese objeto tan útil por estas tierras pero, cierto es que en verano da menos pereza mojarse. Las ventas de paraguas en los Chinos donostiarras yo creo que deben repuntar a partir de estas fechas.

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Pero no hay que desanimarse, el San Sebastián húmedo y gris tiene su encanto poético. Eso lo digo ahora en octubre, dudo que en febrero siga tan positivo pero aprovechemos mientras podamos. Un una vuelta por el Paseo Nuevo siempre es una buena idea. Además, da la oportunidad de admirar a una tribu urbana que siempre me ha causado tremenda admiración, los pescadores. Te los encuentras diseminados por las barandillas de la ciudad, llueva, truene o haya un tornado buscando pescar la mejor pieza. Y todos sabemos que por aquí llueve. Llueve mucho.

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El Kursaal recupera relativa normalidad tras la locura festivalera y la glotonería de San Sebastián Gastronómica. La verdad es que la piedra mojada le da un puntito romántico y decadente a la zona. Por lo tanto desempolvemos el paraguas y demos paseo. Donosti, siempre merece la pena, aunque llueva, truene, o caigan chuzos de punta.

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Déjame entrar

La vida del explorador intergaláctico es ardua. Hay que descubrir nuevos mundos, atravesar terrenos inexplorados y franquear territorio del que apenas sabes alguna tontería. Hay que cruzar puertas a lo desconocido. Y qué queréis que os diga, no es fácil. No saber lo que espera a uno al otro lado es algo complicado de sobrellevar.

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Pero Donosti mola, porque tiene puertas de todos los tipos y colores. Las majestuosas puertas de la zona de la calle Prim me tienen enamorado. La que está pegada a la plaza Bilbao siempre me ha atraído, y no os olvidéis de giraros para admirar la fachada del edificio de enfrente, es espectacular. Los que  seguís desde hace tiempo mis aventuras sabéis que esa zona me gusta por la cantidad de fotos que le he sacado en mi cuenta de Instagram. Pequeñas puertas que no sabemos a dónde llevan, entradas majestuosas a edificios con encanto especial como la Iglesia de San Vicente… la verdad es que no se sabe por dónde vendrá el siguiente tesoro escondido de San Sebastián.

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Pese a todo, una de mis puertas favoritas son las entradas a la naturaleza en la misma ciudad como la Plaza de Gipuzkoa. Encontrar entradas a paisajes verdes por toda la ciudad es algo que hace ganar puntos a mi segundo hogar. Vale, en este caso puerta física no hay pero bueno, dejad que me ponga un poco poético, que el tiempo gris y lluvioso invita a ello.

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Puertas nuevas, viejas, modernas, antiguas, físicas, poéticas… Es complicado seleccionar una. Pero la del Aquarium de San Sebastián siempre me ha gustado. Tiene un no sé qué, que qué se yo, que yo qué sé. El enclave privilegiado muy cerquita de la nave siempre me ha gustado, y no estoy seguro pero, creo que con esos 2 cañones es de las mejor guardadas de la ciudad.

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Siempre he pensado que andáis un poco retrasados tecnológicamente por aquí estimados terrícolas. La verdad es que os queda mucho por aprender. Os las apañáis bien con el tema de la alimentación pero os falta dominar el arte de los portales interdimensionales y la generación espontanea de agujeros negros. Os ahorrarían todos los follones que tenéis con los coches, trenes, aviones, motos, bicicletas y demás aparatos que utilizáis para desplazaros. Os propongo esta rincón del Paseo Nuevo como zona de despegue para viajes interestelares, cruzar la puerta y llegar a cualquier punta de la galaxia. A ver, la tecnología barata no es, pero os prometo que puedo llegar a haceros un buen precio.

Pesadilla de una noche de verano

Todos tenemos rincones favoritos en la ciudad; La Concha es mucha Concha, el parque Cristina Enea es un pulmón de tranquilidad en el trajín diario y por ejemplo la Parte Vieja es un laberinto de misterios. Pero, si un txoko siempre me cautiva es el Paseo Nuevo. Desafortunadamente, estuvo cerrado unos meses pero ya está a pleno rendimiento. Para pasear tranquilamente, para disfrutar de la enormidad del Cantábrico, para hacer un poco de deporte… es un lugar idílico. Además, ahora que la ciudad está algo más tranquila, es el rincón perfecto para relajarse en estos estupendos días que nos está regalando septiembre.

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La tranquilidad que se respira por este camino siempre me ha gustado. Es posible alejarse del bullicio de la ciudad y mientras mi querido monte Urgull hace de pantalla, se puede uno perder en la inmensidad del mar; ese mar cantábrico que me tiene enamorado, ese azul infinito en el que a veces da ganas de perderse.

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La verdad es que es un rincón que puedo llegar a visitar más de una vez al día, porque me inspira paz; los días que me pongo melancólico y me da por acordarme de mi hogar, pues paseo por aquí. ¿Por estas tierras estoy muy a gusto eh? Pero el corazón tira para el hogar, y una madre es una madre. Qué estará pensando mi pobre madre no lo sé, aunque probablemente seguirá más de cerca la meteórica carrera de mi hermano Garb, que tiene un puestazo en el Ministerio Intergaláctico. No nos engañemos, los padres siempre tienen favoritos, uno se deja los tentáculos peleando en los rincones más recónditos del universo conocido, y tu madre te cuenta que a tu hermano le han puesto cortinas nuevas en la oficina. Pero bueno, no me quejaré, siempre viene bien tener contactos en el Ministerio, aunque con el éxito que está teniendo mi misión de rescate no sé yo si mi hermano me quiere tanto como dice.

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Que me desvío del asunto en cuestión, hablábamos del Paseo Nuevo, un rincón incomparable al que merece la pena volver una y otra vez. Estos días de septiembre están siendo un regalo del cielo pero, tengo la refrigeración osmótica estropeada y en la nave se acumula calor, humedad… Estoy planteándome seriamente cederla a la Perla como sauna extra y de paso sacar algo de benefició, porque la nave ahí varada en la bahía, no la estoy amortizando. Así que opté por pasear, como no, por el Paseo Nuevo. Está claro que de noche vistas no va a haber, pero iba yo tranquilamente pensando en mis cosas cuando empecé a escuchar unos sonidos extraños. Eran unos tenebrosos ruidos rítmicos que me aceleraron las pulsaciones, además de vez en cuando se oían gritos femeninos que me hicieron acelerar el paso. Parecía que mi paseo no iba a ser tan tranquilo como pensaba. Desafortunadamente, todo no quedó ahí, pues más adelante empecé a escuchar extraños cánticos en la oscuridad. Hay que decir que tengo una imaginación bastante independiente, y le da por pensar cosas raras sin que yo me dé cuenta. Ya me estaba viendo a los soldados saliendo de las tumbas del Cementerio de los Ingleses y montando una fiesta.

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El paseo empezaba a parecerse a la final de 100 metros lisos, porque lo único que buscaba era que las luces del Kursaal iluminaran mi camino. Pero, lo que vi fue una pequeña luz que se movía rodeada de reflejos naranjas que venían directos hacía mí. Ya convencido que las autoridades me habían localizado cargué mi pistola de protones cuando un pequeño golpe de cordura me hizo parar y esperar a que las luces se acercaran. No era más que un runner equipado con todos los gadgets de última generación. A puntito estuve de meterle el frontal de luz por su orificio trasero, y a la pandilla de quinceañeros que estaban de litros por Urgull ya les hubiera dado un buen susto. A la pareja que estaba copulando en un viejísimo Renault 5 haciendo ruidos infernales de ultratumba pues, la dejaría en paz. Pillar cacho en esta ciudad es muy complicado, ¡y es motivo de celebración!