San Telmo me gusta

Los últimos coletazos del invierno trajeron al tan ansiado sol. Parecía que iba a llegar el momento de tomar al asalto las terrazas, desempolvar las mangas cortas y empezar a enseñar más carne. Pero estábamos equivocados, al astro rey le gusta jugar al despiste, sobre todo en Donostia, y el miércoles el invierno volvió para demostrar que todavía quedan días fresquitos por llegar.

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Así que opté por visitar un edificio que me ha maravillado siempre, desde el momento en el que llegué. Sabéis que me apasiona el pasado de Donostia, y el Museo de San Telmo es un perfecto ejemplo de todo lo que ha pasado por aquí. Este antiguo convento dominico del siglo XVI, ha visto de todo dado que a partir de la Desamortización de Mendizabal su uso fue militar. Como ya he podido ir descubriendo, la localización estratégica de la ciudad, ha llenado su historia de sangre y guerra y la verdad es que si el edificio pudiera hablar, no sé que nos contaría. La última remodelación a intentado combinar el San Sebastián de ayer y mañana, y sabéis que esa combinación de pasado y futuro es de lo que más me gusta de esta ciudad.

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De la colección permanente hablamos luego pero, merece la pena una parada tanto por “Un jardín Japonés. Topografías del Vacío” como la exposición “Mendía” que recorre la historia del montañismo por estas tierras. ¿Ya os gusta eso de subir eh? Aunque teniendo en cuenta que por la geografía vasca es complicado encontrar más de 10 km seguidos de llano, lo de ascender lo lleváis en los genes, al menos la mayoría.

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Y hablando de usos y costumbres vascos. Eso de levantar piedras, partir troncos… Creo que este tema se merece un análisis más exhaustivo y detallado porque la verdad; no entiendo nada. Aunque bueno, contra las Legiones de Cristal del planeta Crash las piedras os serán útiles; y los Soldados Arbóreos de Huoji tienen los días contados con tanta hacha. A ver si en el fondo lleváis siglos preparándoos para luchas interplanetarias, y yo no me he enterado todavía. La verdad es que disfruté de la visita, y me sirvió para conocer más sobre vosotros. Comprendí que todavía me queda mucho por aprender.

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Pero, si algo me impacto fue admirar los Lienzos de Sert. Poder disfrutar de la obra con la iglesia vacía fue espectacular. Pero, también debo confesar que tengo una imaginación que le gusta desmelenarse de vez en cuando, y el silencio y quietud del Museo me hizo pensar que estaba a punto de cruzarme con el fantasma de algún soldado francés. Soy un poco cagao, lo admito.

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¿Quién no se imagina el fantasma de un fraile domínico paseando por el claustro? Es de los rincones más bonitos del museo. Pero, la colección de estelas funerarios no ayudó en mi convencimiento de que estaba a punto de cruzarme con algún donostiarra de hace siglos.

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Afortunadamente, no hay nada que una buena cerveza no arregle. Así que acabé la visita con una caña fresquita en la cafetería. La verdad es que es un rincón donostiarra al que pienso volver, es un edificio que tiene algo especial. Y además, más tarde descubrí que ¡los martes es gratis! Me queda mucho trabajo para desentrañar todos los misterios de ese lugar.

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Dadme un tambor y moveré el mundo

Txunda txunda txunda txun…

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Con los tambores aún resonando en mi cabeza despido el 20 de enero. Inicialmente me costó entender esto de la tamborrada. Pero, ya llevo más de un año aquí y sabéis que cada vez soy más donostiarra. Así que esta vez estaba preparado para hacer frente a un día especial como Dios manda. Bueno, en este caso como mandan los cánones donostiarras.

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 Primero, la cena con una kuadrilla maja y elegante; degustar buenos manjares en la mejor compañía y empezar a disfrutar de la fiesta calentando motores con los palillos. A eso que llamáis angulas todavía no he podido hincarle el diente. En todo caso, a una buena chuleta sabéis que jamás le digo que no. Eso sí, si hay algún voluntario para mandarme un paquetito para colaborar en mis tareas de investigación, ya sabéis donde está la nave.

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Mi instinto de supervivencia innato me ha alejado por ahora de la plaza de la Constitución en el momento de la izada pero, está claro que es lugar de parada obligatorio en algún momento de la noche. Hay pocos momentos en el año en el que los donostiarras pierden la compostura. Honestamente, probablemente el 20 de enero sea el único. Así que ahí donde fueres, haz lo que vieres. Me he dado cuenta que me estoy donostiarrizando bastante desde que 20 tamborradas seguidas me parecen pocas. 24 horas de constante rataplán son sólo para donostiarras de los de verdad.

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La luz del día trae más tambores y más canciones, y en mi caso trabajar un poco. Hay que ser capaz de infiltrarse en todos los rincones de la fiesta para entenderla y yo ya me he hecho un huequito en la tamborrada de la Donosti Cup. Ya os he contado lo elegantes que íbamos con trajes nuevos no? Una tamborrada de mucho nivel que ha acogido a este humilde extraterrestre como uno más, ¡y por muchos años más! Uno de los grandes problemas de celebrar la fiesta el 20 de enero, suele ser la climatología. Afortunadamente el agua respetó lo fiesta. Lo del frío se arregla con capas de ropa. Eso sí, ir tan elegante con casaca de soldado tiene un precio, y al ser tan entalladas tampoco tenía mucho margen de maniobra. En todo caso, no hay cuerpo que unos tragos de pacharán no caliente.

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Y un año más, la tamborrada echó el cierre. La verdad es que me reafirmo en eso de que es uno de mis días favoritos por aquí. Lo del tambor, además de ser un buen medio para expulsar el estrés, es el símbolo de identidad de una ciudad que me tiene enamorado. Dadme un tambor y moveré el mundo, un par de galaxias y lo que haga falta.

El Nestor: templo de la gastronomía en Donosti

No solo de Zinemaldi vive el alienígena. Hoy que alimentar el espíritu pero también hay que preocuparse de temas más mundanos como llenar los estomagos. En esta ciudad uno puede elegir entre una variada selección de alimentos en lugares que van desde un bocadillo de una tasca inmunda hasta el restaurante más glamuroso de tres estrellas Michelin. Pero, hay ciertos lugares marcados a fuego en la mente de todos los donostiarras. Como ya comentamos hace unas semanas, el 99% de la gente de esta ciudad ha pisado alguna vez La Mejillonera, prácticamente todo el mundo ha tomado alguna vez un helado de los italianos, y la chuleta del Bar Nestor es tan conocida como los baños en la bahía de la Concha.

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Llevo casi año y medio por aquí, y todavía no había pisado este templo de la gastronomía donostiarra. Lo sé, pecado mortal según muchos, pero cumpliré mi penitencia volviendo una y otra vez. Así que ayer, cuando surgió la oportunidad de hacer una parada en esta joya escondida en el bullicio de la Parte Vieja, solo pude agradecer a los dioses el festín que iba a llegar a mis estómagos. Este informe de misión va dedicado con cariño a Kike on Tour, un terrícola que siempre me mantiene informado de los placeres del comer. Teníamos esto pendiente pero, no me he podido resistir.

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Las noches del Zinemaldi siempre tienen un toque diferente. Si entras a cenar y te encuentras con Josean Bengoetxea; de moda gracias a “Loreak” y “Negociador”, y a Oscar Jaenada, pues la cena arranca con otro aire. Hay que decir que el lugar grande no es, pero cada milímetro está aprovechado para que la gente pueda disfrutar de la comida a lo grande. Es curioso ver las cantidades de chuletas que se pueden ver por centímetro cuadrado. Afortunadamente el clima acompañaba y pudimos disfrutar en una mesa fuera. Y arrancamos con una ensalada de tomate. Pero tomate… tomate. Tomate que sabía a tomate. Tomate que explotaba en la boca. Tomate cuyo recuerdo me hace salivar. Y diréis, tomate que sabe a tomate hay en todos lados. Pues no mira, tampoco es tan fácil encontrarlo.

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Tras relamer el plato, llegaron los pimientos de Gernika. Por recomendación de la casa dejamos las guindillas de lado puesto que picaban pero no me arrepiento de haber abandonado uno de mis manjares favoritos. Esa sal gorda sobre unos sabrosos pimientos bien hechos… ya estoy salivando otra vez.

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Y llegó la carne. Una carne para la que no hay palabras. Se dice que con buen género está todo hecho. Sabéis que soy fan de todas las partes de la vaca pero, a las chuletas hay que saber dejarlas en su punto. A Nestor lo secuestro y me lo llevo a mi planeta si alguna vez consigo volver, yo aviso. En la bodega de la nave podemos meter un buen rebaño de reses para una temporada larga.

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Mientras todavía me relamía me avisaron que me tocada un puro para acabar bien la cena con un cortado. Nunca he sido fan de convertirme en el tubo de escape de un vehículo echando humo por la boca, pero claro, al estar entre terrícolas desconocidos, no podía destapar mi tapadera. Menos mal que los puros eran dulces, a mí los cigarrillos de Tolosa me tienen conquistado desde hace tiempo.

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Y para acabar, a arreglar el mundo con un buen gin tonic, sintiéndonos como en casa gracias a la amabilidad de Tito y Pablo. Es de agradecer que los camareros se preocupen por sus clientes, sabéis que no pierdo la oportunidad de llenar los siete estómagos en diferentes establecimientos, y un buen servicio se agradece. Volví a la nave haciendo eses pero feliz como una perdiz (el chupito de licor de hierbas quizás tuvo algo que ver). Pero, tengo claro que me queda una asignatura pendiente todavía en el Nestor, probar la famosa tortilla de patatas. ¡Volveré!

Pintxos, pintxos y más pintxos

Mi nombre es Gorb, Teniente Gorb; y me gustán los pintxos. Vale, lo he dicho, pero no os estoy descubriendo nada nuevo, ¿no? Mi primera salida de pintxos fue épica y he seguido con la tradición. Sabéis que tengo debilidad por la txalupa del Bergara y la brocheta de pulpo de Casa Urola pero, siempre estoy dispuesto a descubrir nuevos placeres gustativos. Y para eso, Donosti es la ciudad ideal. Debo confesar que esta vez el archivo gráfico deja que desear pero, tenía mucha hambre. No estaba yo para parar mucho a sacar fotos, les quería hincar el diente.

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Me gusta parar en el Borda Berri, este pequeño tesoro en la Fermin Calbetón lo considero una joya simplemente porque no tiene pintxos fríos. Los turistas que no han hecho los deberes antes de venir, supongo que ni se plantearán entrar puesto que la barra está vacía. Ay, criaturitas… lo que os estáis perdiendo. Me empiezo a considerar capacitado para aconsejar a los de fuera tras haber pasado más de un año en estas tierras. Antes de lanzarte sobre la barra como un león sobre una inocente gacela, échale un ojo a los pintxos calientes por favor. No dudo de las bondades de un buen pintxo de ensaladilla rusa pero, los pintxos calientes te llevarán al siguiente nivel. Por eso me gusta el Borda Berri, y el risotto de idiazábal está en mi top de pintxos de la ciudad sin duda. ¡Ay que invento el Idiazabal! ese queso de oveja lo tengo que exportar. Lo que no tengo claro es si seré capaz de criar ovejas lachas en mi planeta.

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Siguiente parada, el pintxo de carrillera de La Cuchara de San Telmo. Este sitio los turistas se lo conocen bien. Una vez, me junte con un grupo de japoneses, otro de alemanes, otro de franceses y el último creo que eran americanos, todos degustando las delicias del establecimiento. Si uno busca comer con tranquilidad debe buscar horas poco habituales, en todo caso, pegarse un poco por la comida, hace que los manjares sepan mejor. Yo creo que al león, si le cuesta cazar a la gacela, la disfrutará más. Perdón, ahora que lo pienso las que cazan son las leonas… Chico listo el león sí señor.

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En San Sebastián hay muchos sitios para degustar buenos pintxos. Desde la cocina más experimental, donde no tienes claro si lo que tienes en el plato lo tienes que comer, beber o utilizarlo como crema exfoliante; hasta los bares clásicos de toda la vida donde llevan años llenando estomagos con viandas de toda la vida. La Mejillonera entra en ese selecto club de lugares en los que el 90% de los donostiarras han parado alguna vez y han degustado sus mejillones y bravas. Me atrevería a decir que todos los bares donostiarras tienen en su carta raciones de bravas, pero tan ricas como las de este bar, pocas.

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¡Y que no falte el postre! Las malas lenguas dicen que Donosti es la ciudad del paseo y el heladito, que no da para más. Envidia cochina, eso es lo que hay. Los helados de Papperino siempre son una buena idea para acabar el día, jeje. Personalmente, apuesto por el de tarta de manzana, una delicia que no deja indiferente a nadie. Y si tenéis ganas de algo más salvaje, a por el helado de mojito.

Pues eso, que mucha gente llega al séptimo cielo llenando bien el estomago, en Donosti te llevamos hasta el octavo como mínimo. ¡De ahí p’arriba! On egin.

El Donosti de antes

Esta es una ciudad de contrastes. En pocos kilómetros cuadrados se pueden encontrar lugares de todos los tipos y colores; parques verdes se mezclan con edificios modernistas, todos mirando hacia la inmensidad de la bahía donostiarra. Se supone que ha llegado el otoño, y con él el mal tiempo, el viento y la lluvia… O eso dicen al menos. La verdad que el concepto de 4 estaciones creo que es utópico, al menos en esta ciudad. El tiempo está loco y punto, a veces caen chuzos de punta y deseas con todas tus fuerzas volver a tu planeta, otras hace un día espectacular, como el pasado domingo, y uno se dedica a investigar.

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No muy lejos de la bahía, está la Parte Vieja donostiarra, una de las zonas con más encanto de la ciudad. Y no lo digo sólo por los pintxos. Ha quedado más que claro que me gusta comer pero, la Parte Vieja va mucho más allá. Pasar por “La puerta del mar”, más conocida como Portaletas, es la mejor manera de acceder al Donosti de antes. Esta entrada es un punto de transición para dejar atrás el olor a mar del puerto y pasar  al laberinto de callejuelas de esta curiosa zona. Ya dijimos que Donostia fue quemada y reconstruida, y en este acceso podemos sentirnos parte de esa historia. Entra en la Parte Vieja, y sobre todo, piérdete en ella.

Aquí podemos encontrar casi de todo, y si lo hacemos a las 2 de la mañana de un sábado ya, la fauna a la que se hace frente es para hacer un blog entero. Pero para mí, las mañanas del domingo, ese instante en el que la Parte Vieja va despertando poco a poco, es el momento para investigar con tranquilidad.

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Me encanta empezar mis visitas por la Plaza Lasala, la estatua de su león siempre me hace pensar. No acabo de entender que pinta un bicho de esos ahí, ni la admiración que tienen estos terrícolas por este tipo de animales, ya que los sitúan en todos lados. Parece ser que lo consideran un animal majestuoso, con mucho poder. Pero, según he visto en los documentales del canal que llaman La 2, las que curran son las leonas… No sé, es un tema que tengo que estudiar más a fondo. Las hembras por aquí parecen ser las que manejan el cotarro.

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Mi lugar favorito es la Plaza de la Constitución. Es el lugar perfecto para practicar terrazing, sentarse un rato analizar los terrícolas tranquilamente. Porque los terrícolas son dignos de analizar, desde turistas borrachos hasta ancianos donostiarras recordando tiempos mejores, esta plaza es su punto de reunión. Todo el mundo pasa por aquí. De hecho, me han chivado que es el epicentro de la Tamborrada, acto donostiarra por excelencia. Pude respirar algo el 31 de agosto, pero según dicen, lo del 20 de enero es muy grande.

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Y nunca acabo mis visitas por esta zona sin pasar por San Vicente. Esta iglesia creo que es una de las que más encanto tiene en la ciudad. Situada cerca del museo de San Telmo, tiene un punto que no sé, otras iglesias no tienen. Hay que verla para saberlo. Mucha gente se queda con la catedral o Santa Maria pero, San Vicente no decepciona a nadie.

El Donosti antiguo tiene mucho por enseñar, y esto son algunas pinceladas, pero no hay duda hay mucho por ver. Y como no, tras un largo paseo todo el mundo se ha ganado un pintxo, ¿o no?

Fin de semana completito en Donostia: soldados, traineras y fútbol

Creo que el 90% de mis informes comienzan hablando del tiempo, y es que es de lo más cambiante, más incluso que el humor de mi abuela que en paz descanse. La semana pasada hubo de todo, sol, lluvia, viento… Y descubrí otra tribu urbana por la playa, los surferos… Llueve o truene, ahí siguen al pie del cañón, analizando el mar. Afortunadamente, sobre todo se quedan en la playa de la Zurriola y me dejan a mí en paz para seguir investigando. De todas formas, nunca se sabe qué forma puede tomar el enemigo, y a gente que se pasa tanto tiempo en el agua hay que mantenerla vigilada.

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Por lo menos, el fin de semana salio el sol, y pude aprovecharlo al 100% para disfrutar de todos los acontecimientos importantes que iban a ocurrir.

Ya hemos hablado alguna vez de la Parte Vieja donostiarra, un lugar con mucho encanto y miles de escondrijos por descubrir. Así como el resto de la ciudad parece estar dibujada por un estricto dibujante a base de escuadra y una larga regla, esta zona de la ciudad tiene el encanto de lo antiguo. Pero como todo ser vivo que se precie, bien sea humano o alienígena, nos cuesta ponernos de acuerdo, y siglos de historia han dejado esta área marcada por las guerras.

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Mi nuevo hogar ha celebrado este fin de semana el aniversario de su quema y posterior reconstrucción por la guerra en el siglo XIX. He aprovechado para pluriemplearme un poco, y colaborar con los amigos de Licencia Histórica en un post. Para entender cualquier cultura o nueva civilización es imprescindible mirar atrás para ver por dónde han pasado y entender a dónde van. Ejercí de reportero gráfico para su post sobre el 200 aniversario del incendio.

Poco se salvó de dicha catástrofe, pero he decir, que la calle 31 de agosto, es de mis favoritas y el mejor sitio para empezar a descubrir la zona, entrando por San Telmo y acabando en el puerto.

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Y en el puerto es donde empezaron las celebraciones del día, con cañonazos y disparos. Si no hubiera sabido de qué iba la fiesta hubiera activado la autodestrucción de la nave y hubiera volatilizado todo a 50 kilómetros a la redonda. Afortunadamente, ya estaba sobre aviso, casi soy un donostiarra más y pude aprovechar la fiesta y gozar del espectáculo de la recreación de la batalla.

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Más tarde llego el momento de brincar al son de los tambores con toda la ciudad, que gracias al maravilloso día que hizo, disfrutó de lo lindo. Parece que por aquí los tambores y los barriles son importantes, especialmente el 20 de enero. Habrá que seguir investigando este tema.

Al anochecer, se apagaron las luces, y con el color mágico que dan las velas, los donostiarras rindieron homenaje a los caídos en la toma de la ciudad. Desafortunadamente, se me quedó sin batería la cámara. ¡Vaya fallo para un intrépido investigador como yo! pero creo que está imagen rememora el ambiente y el incendio de maravilla, de la mano de milagrosdediseno.

Tras un sábado intenso llegó la primera ronda de la Bandera de la Concha el domingo por la mañana. No entiendo mucho de los deportes de esta gente, la verdad. Eso de ir remando lo más rápido posible para volver al punto inicial…

Parece que el domingo la fiesta se vuelve a repetir, por lo que lo estudiaré más a fondo. Al final, fue una pena que la Real Sociedad no le pusiera un broche de oro al gran fin de semana con una victoria en Anoeta pero bueno, la liga es larga.

Como veis, esto es un no parar, ha sido un fin de semana intenso. Ha volado agosto y septiembre llega completito con las regatas, algo que llaman Zinemaldi y miles de aventuras más. No tengo noticias de mi planeta natal así que como dicen por aquí: si la vida te da limones, haz limonada, o prepárate un gin-tonic. A aprovechar el tiempo al máximo y disfrutar de las cosas que ofrece Donostia.