Dadme un tambor y moveré el mundo

Txunda txunda txunda txun…

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Con los tambores aún resonando en mi cabeza despido el 20 de enero. Inicialmente me costó entender esto de la tamborrada. Pero, ya llevo más de un año aquí y sabéis que cada vez soy más donostiarra. Así que esta vez estaba preparado para hacer frente a un día especial como Dios manda. Bueno, en este caso como mandan los cánones donostiarras.

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 Primero, la cena con una kuadrilla maja y elegante; degustar buenos manjares en la mejor compañía y empezar a disfrutar de la fiesta calentando motores con los palillos. A eso que llamáis angulas todavía no he podido hincarle el diente. En todo caso, a una buena chuleta sabéis que jamás le digo que no. Eso sí, si hay algún voluntario para mandarme un paquetito para colaborar en mis tareas de investigación, ya sabéis donde está la nave.

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Mi instinto de supervivencia innato me ha alejado por ahora de la plaza de la Constitución en el momento de la izada pero, está claro que es lugar de parada obligatorio en algún momento de la noche. Hay pocos momentos en el año en el que los donostiarras pierden la compostura. Honestamente, probablemente el 20 de enero sea el único. Así que ahí donde fueres, haz lo que vieres. Me he dado cuenta que me estoy donostiarrizando bastante desde que 20 tamborradas seguidas me parecen pocas. 24 horas de constante rataplán son sólo para donostiarras de los de verdad.

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La luz del día trae más tambores y más canciones, y en mi caso trabajar un poco. Hay que ser capaz de infiltrarse en todos los rincones de la fiesta para entenderla y yo ya me he hecho un huequito en la tamborrada de la Donosti Cup. Ya os he contado lo elegantes que íbamos con trajes nuevos no? Una tamborrada de mucho nivel que ha acogido a este humilde extraterrestre como uno más, ¡y por muchos años más! Uno de los grandes problemas de celebrar la fiesta el 20 de enero, suele ser la climatología. Afortunadamente el agua respetó lo fiesta. Lo del frío se arregla con capas de ropa. Eso sí, ir tan elegante con casaca de soldado tiene un precio, y al ser tan entalladas tampoco tenía mucho margen de maniobra. En todo caso, no hay cuerpo que unos tragos de pacharán no caliente.

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Y un año más, la tamborrada echó el cierre. La verdad es que me reafirmo en eso de que es uno de mis días favoritos por aquí. Lo del tambor, además de ser un buen medio para expulsar el estrés, es el símbolo de identidad de una ciudad que me tiene enamorado. Dadme un tambor y moveré el mundo, un par de galaxias y lo que haga falta.

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¿Qué bebemos hoy?

Sol, calor, altas temperaturas… Yo pensaba que eso que llaman verano no llegaría nunca. Y si llegó, y se quedó. Y los filtros térmicos de la nave se han estropeado. Y no hay manera de arreglarlos con la condensación y el agua salada. Y… Vamos, una tormenta perfecta. Decidí tomar cartas en el asunto y opté por mojar mi garganta con algún brebaje bien fresquito.

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El champán es muy divertido, tiene muchas burbujas que se te suben por la nariz. El problema son las copas en los que lo sirven. ¡No cabe nada! Por eso decidí comprar unas botellas y degustarlas en la nave directamente de la botella. El corcho de la tercera botella salió disparado y rompió el transmografiador cuántico pero, curiosamente, no le di demasiada importancia.

De las divertidas burbujas del champán pasamos al pacharán, un dulce néctar que pude disfrutar tranquilamente mientras veía anochecer en esta bella bahía. Este licor ancestral me dejó un dulce regusto en la boca que me animo a seguir humedeciendo el gaznate.

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Tras una metamorfosis rápida en un turista rubio, más rojo que un cangrejo de río salí disparado a la Parte Vieja. La verdad es que el incremento del número de extranjeros ha jugado a mi favor, es mucho más fácil pasar desapercibido cuando hay gente de todos los tipos y colores por la calle. Vale, todavía no me he encontrado a ningún extraterrestre morado con tentáculos y tres ojos pero, he visto gente rara. MUY RARA…

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Las copas llegaban a mis manos una detrás de otra, y cada vez era un alienígena más feliz. Me empezaba a sentir capacitado incluso para pedir las copas en euskera, aunque por la cara de la camarera no lo hice demasiado bien… Le hice saber que era el bisnieto de un vasco que emigró a Hamburgo pero… Creo que no fui excesivamente convincente. Las puñeteras copas parecía que tenían agujero, nada calmaba mi sed…

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Lo siguiente fue abrir los ojos abrazado a un caballito del Carrusel del Alderdi Eder… con torpes movimientos conseguí volver a la nave maldiciendo porque estaba convencido que moscas de Saturno se habían colado en mi cerebro y lo estaban agujereando… Pero tras un repaso al sabio Google descubrí el mejor remedio. Soy fan de las naranjas.

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Esa noche me quedó claro que mezclar esos dulces líquidos que esta gente tanto admira no es sano. Me sigo quedando con los pintxos. He pensado asignar a una bebida cada día de la semana. Un aguerrido explorador como yo debe de ser capaz de introducirse en todos los estratos de la vida socio-cultural-nocturna del lugar que analiza. Pero, personalmente, sigo pensando que esta es mi favorita:

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Una cerveza fresquita una noche calurosa de verano se podría considerar incluso mejor que nadar por las cálidas aguas de los ríos del planeta Raigón. De hecho, gracias a los consejos de un sabio gurú llamado Kike On Tour, estoy pensando en preparar mi propio brebaje. Cada día soy más donostiarra, ahí donde fueres haz lo que vieres. Aunque sé que me queda mucho por aprender.