Saboreando jazz en un lugar llamado Mugaritz

Esto de ser un intrépido explorador tiene sus riesgos. Cuando selecciono algún espécimen para ocupar su lugar las cosas pueden salir bien, y otras, pues no tanto. Hace unos días acabé pasando la tarde pelando patatas en un local que no tenía apropiados sistemas de ventilación. Digamos que perdí bastante masa corporal a base de transpirar.

El domingo sin embargo fue de esos días afortunados. Seleccioné un joven terrícola al azar, y cruce todos los tentáculos para ver dónde acababa. ¡Y qué gran tarde! En un principio me preocupé un poco pues nos alejamos bastante de terreno conocido para mí. Quiero pensar que por La Concha y el centro de la bella Donostia me manejo bien. Pero esa tarde, nos montamos en un vehículo de cuatro ruedas que nos llevo a un pequeño oasis entre las montañas.

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Según he podido descubrir, se trataba de Mugaritz, un conocido lugar de peregrinación para los gourmets de todo el mundo. Ya hemos hablado más de una vez que esta gente disfruta en el acto de comer, y yo no pienso decir nada en contra. Yo y cada uno de mis estómagos nos encontramos en el séptimo cielo. Mi visita a este curioso lugar no desmereció su fama. Primero pude disfrutar de su huerto particular en el que pude constatar que hay mucho más allá del azul del mar. Me empiezo a hacer fan del verde también.

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Acostumbrado como estaba a alimentarme a base de compuestos alimenticios generados en un laboratorio, descubrir todos estos regalos de la naturaleza en este lugar me hace pensar seriamente en quedarme en este planeta. Y eso que cuando vi que nos ofrecían piedras muy parecidas a las que hay en el fondo de la bahía para comer, a punto estuve de salir disparado y no parar hasta volver a la playa.

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Un mordisco lleno de dudas, me descubrió que no se trataba de piedras. Eran unas sabrosas patatas con una salsa que las hacía irresistibles. Una vez perdido el miedo, me lance sin miedo a los macarons de Idiazabal y morcilla, las espinas de rodaballo o el cochinillo con frutos secos. Unos elegantes especímenes vestidos de negro se mostraban dispuestos a satisfacer cualquier necesidad por lo que disfruté de la experiencia al máximo. En el momento que nos informaron que pasáramos a la terraza, me lamenté pensando en cuánto tiempo pasaría hasta que iba a poder alimentarme tan bien. La estricta dieta de algas de la bahía que mantengo si no consigo algo mejor en mis misiones, se hace mucho más dura cuando consigo vivir experiencias gastronómicas como esa.

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Pero la magia de la tarde no había hecho más que empezar. Descubrí que lo que tocaba era experimentar con los oídos tras haber satisfecho el apetito. ¡Había conseguido colarme en un concierto del Jazzaldia! Durante los últimos días he podido disfrutar de los conciertos en la playa y su música me ha acompañado mientras observo las estrellas en mi nave y echo de menos, sólo un poquito, mi hogar. En este caso, de la mano de Erik Friendlander pude disfrutar de un bello atardecer con un concierto de un extraño instrumento de cuerdas que llaman violonchelo.

Ya llevo 2 meses aquí y no parece que tengan prisa en venir a rescatarme pero, no me quejo. En lugares mucho peores podría haber ido a parar. Esta gente sabe disfrutar de lo que hace y me ha encantado la idea de mezclar la gastronomía y la música. Son ideas que pienso exportar a mi planeta. Me voy a forrar.

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