Campos de entrenamiento para miniterrícolas

Este fin de semana la lluvia nos ha dado un respiro en Donostia, al menos durante periodos suficientemente largos como para que haya podido salir a realizar cortas misiones de reconocimiento. Lo del frio es otro cantar, pero bueno, no hay nada que no se solucione con unas cuantas capas de ropa.

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Dado que sólo había gente valiente por las calles, vamos, cuatro gatos, quería aprovechar para analizar unos rincones muy sospechosos que llevaban escamándome mucho tiempo. Por toda la ciudad hay diseminados unos lugares llenos de color y aparatos extraños. Especialmente por las tardes y los fines de semana están llenos de humanoides en fase de desarrollo que pasan el tiempo gritando y saltando, mientras especímenes más maduros los vigilan de cerca.

Los llaman parques infantiles, para mí, campos de entrenamiento para miniterrícolas. Siempre están llenos, y son fáciles de descubrir si uno se guía por el ruido que se genera en ellos. Pero, el sábado, estaban vacios. No me extraña, con el frío que hacía yo me hubiera quedado en la nave tapado hasta la nariz. Pero, un servidor es un explorador sacrificado por la causa, así que me dirigí a estudiar de manera exhaustiva esos campos de entrenamiento.

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Vamos a ver, eso que llamáis columpios, que alguien me explique con detenimiento el concepto de un asiento incomodo a más no poder unido a una barra de hierro por dos cadenas. Inicialmente, me senté plácidamente, y no pasó nada de nada. Corrección, me mojé el trasero, porque había dejado de llover hacía poco. Una dulce ancianita fue amabilísima y me explico el funcionamiento de ese extraño artilugio. Vale, vas hacia atrás y luego hacia adelante. El árbol de enfrente está lejos y luego cerca… No saqué nada reseñable de la experiencia, sólo levantarme mareado.

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Lo del tobogán lo disfruté un poco más. El único problema fue que me quedé atascado a mitad de camino. Serán los incontrolables atracones de torrijas que llevo en las últimas semanas. Afortunadamente, no hay nada que un poco de aceite super deslizante de la nave no arregle.

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Finalmente, intenté probar el balancín. Pero bueno, ¿qué mente cruel decidió inventar un sistema que obliga a tener 2 individuos disponibles para disfrutarlo? ¿Qué pasa con los pobres exploradores que estamos solos en este planeta y no tenemos con quién jugar? Tras pasarme una hora sentado en el dichoso aparato mirando al infinito y volver a mojarme el trasero, decidí volver a la nave a entrar en calor.

No entiendo esos lugares, no les veo la gracia. Será que ya soy un investigador hecho y derecho que ha vivido mucho y le falta la inocencia de los miniterrícolas para disfrutar de estos centros de supuesta diversión. Vistas las gélidas temperaturas, mejor me irá si vuelvo a dedicarme a las misiones de interior.

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Parajes extraños y un idioma desconocido

No hay mal que una buena noche de sueño no cure, pero no es mi caso, porque no he podido dormir. Justo en el momento que había conseguido cerrar los ojos se han abierto los cielos y las aguas se han empezado a revolver, se ha levantado la arena y la nave ha empezado a girar como una peonza. Tengo ojeras en cada uno de mis tres ojos, y estoy muy cansado. Pero, está claro que si la vida te da glicks, hay que hacer zumo de glicks. Por lo que he desempolvado mis conocimientos de metamorfosis cuántica y he tomado la forma de uno de los habitantes de este planeta. Todo apunta a que voy a pasar un tiempo por aquí, y ya es hora de empezar a explorar los alrededores.

Afortunadamente había un espécimen cerca de la nave, dándose un baño. Menos mal que no se le ha ocurrido mirar para abajo. En todo caso, la cosa era sencilla puesto que no llevaba nada puesto. El problema ha llegado cuando por fin me he animado a salir de la playa, la gente me miraba de reojo con cara de espanto. Parece que en este planeta a la gente le gusta ir cubierta, cosa poco práctica para ciertos menesteres, pero reconfortante considerando el clima.

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Una pobre mujer se ha apiadado de mí y me ha prestado algo de ropa por lo que he podido pasear algo más cubierto aunque, me han seguido mirando un poco raro. Creo que los abrigos naranjas con motas verdes no están muy a la moda. Paseando, intentaba absorber toda la información que podía, hasta que he llegado a un pequeño altar en una bonita plaza. Parece ser que los soldados rinden pleitesía con algún tipo de himno a sus dioses, puesto que la pizarra de la derecha estaba escrita en un idioma desconocido para mí. He intentado analizarlo con el “Traductor 6000” que tengo acoplado en el tentáculo pero he tenido que salir corriendo. El endemoniado cacharro se ha estropeado y ha empezado a echar chispas. Creo que los humanos tampoco suelen expulsar humo por las orejas. Previendo una situación complicada con el tumulto que se empezaba a crear en la plaza, he optado por volver corriendo a la nave. Revisando la enciclopedia interestelar, he descubierto cosas sobre ese idioma extraño y desconocido, creo que lo llaman euskera.