2018… Always up

Lo primero, obviamente, Urte Berri on terrícolas míos. Hemos cerrado el 2017 y arrancamos página en blanco. No os voy a engañar, tenía ganas de acabar de una vez. Digamos que especialmente el final del pasado año fue una puñetera montaña rusa con más traqueteo que la Montaña Suiza de Igueldo. Los que nos vemos en Instagram sabéis que me he echado los tentáculos a la cabeza y estoy remodelando la nave. Así que, 2018, arranco con la nave más elegante del universo.

A las obras, hay que sumarle un pequeño problema con mi tentáculo tranqueal que me ha estado dando un poco la lata. He tenido que meterme en la cápsula de regeneración tentacular durante un periodo más largo de lo habitual. Que nadie se preocupe, tenéis extraterrestre para rato pero tengo que tomarme la vida con un poco de calma estos días. Leyendo mucho y tirando de HBO y Netflix. Si tenéis sugerencias bienvenidas serán que ando un poco huerfano de “LA SERIE”. Además, sabéis que soy runner dominguero y la San Silvestre es una de mis carreras favoritas. Y este año no podía salir pero…

¡He tenido club de fans! Sabían que no podía correr y han hecho que corriera con ellos. Si es que hay amigos que valen su peso en oro y más… No me los merezco. Alguna lagrimilla ya solté.

Pues eso, que abrimos libro nuevo. El 2018 va a ser muy grande y estoy dispuesto a comérmelo con patatas. Tengo muchos propósitos pero mi Pepito Grillo partícular me ha dejado caer que si no los escribo y dejo constancia no valen así que, ahí van:

  • Seguir desayunando. Ya sabéis que es una de mis actividades favoritas. Desde las tostadas a las tartas de chocolate, desayunando en buena compañía se puede arreglar el mundo, y media galaxia.
  • Descubrir más rincones de Donosti. Lo bueno es que esta ciudad sigue sorprendiéndome y encuentro txokos nuevos a diario. ¡Que dure! Que sigo tan enamorado como el primer día.
  • Y por último… ¡Behobia-SS, voy a por tí! Igual llego a la meta del bule sin tentáculos pero, llegaré.

Lo dicho, abrimos libro nuevo. Y va a ser muy grande. Sobre todo, hagáis lo que hagáis, disfrutadlo. Urte berri on!

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Fin de semana de cuernos

El verano ya está aquí. Sol, calor y Donosti ya empieza a estar a tope de turistas. Afortunadamente la meteorología nos ha acompañado con la nueva estación, pero no nos engañemos. Esto es San Sebastián, y cualquier apariencia de normalidad con respecto a las estaciones, es pura utopía. Por ahí he leído que el verdadero verano llegará a finales de julio, y supongo que se marchará a principios de agosto, esto último ya es de cosecha propia. Pero, ¡no nos pongamos negativos! Aprovechemos la visita del astro rey para disfrutar.

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Ya llevo un tiempo por esta ciudad y puedo decir que voy cogiendo mis costumbres y mis manías. Sabéis que por la txalupa del Bergara mato, y el Peine del Viento es mi “txoko” para descansar y relajarme un poco. Es curioso al final cómo pasan los días y hacemos las mismas cosas. Así que este fin de semana he decidido romper con todo, olvidarme de las costumbres y mis hábitos. Me he dedicado a poner cuernos a diestro y siniestro.

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Habláis mucho del jamón de jabugo, pero un servidor, es capaz de asesinar por un buen lomo ibérico. En todo caso, estos días me he dedicado a hincarle el diente a la cecina, un extraño alimento de sabor curioso que ha despertado el hambre en mis siete estómagos.

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Otra cosa no sé, pero en los últimos tiempos, salen cafeterías como setas por Donostia. Soy tan fan de un buen desayuno en buena compañía que esto debería ser mi paraíso. Pero, curiosamente, siempre termino en los mismos rincones. Pues nada, este fin de semana he optado por cambiar de aires, y probar cosas nuevas, un descanso dulce en el “Choco Mint”.

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Lo dicho, llegó el verano, y yo busque otro “txoko” para ver entrar la nueva estación. La Concha es mucha Concha pero, Donosti está llena de rincones para  relajarse y disfrutar.

En resumen, me he dedicado a poner cuernos a diestro y siniestro este fin de semana. En algunos casos, sé que volveré a mis antiguas costumbres con el rabo, digo los tentáculos, entre las piernas… Sin embargo, hay que apostar por la novedad y darle una oportunidad, que por algo un servidor es un aguerrido explorador intergaláctico y a pesar de llevar 2 años por aquí, no me puedo acomodar.

El día después

Sabéis bien que la noche donostiarra me confunde. No hay manera de comprender vuestros rituales de apareamiento. Grupos cerrados del mismo sexo miran de reojo al resto intentando aproximaciones esporádicas, pero lo de pillar cacho es algo complicado, casi milagroso. Os da por beber extraños brebajes para daros valor, como si lo de conseguir algo de amor y cariño fuera sólo cosa de pociones mágicas. No lo negaré, poco a poco me voy aficionando a ese extraño zumo de uva fermentada que denomináis vino en sus diversas variantes. Los que compartimos peripecias en Instagram sabéis que la noche del sábado fue divertida gracias a una cata de vinos que disfrute en buena compañía. Los pormenores de la noche están algo borrosos pero puedo decir, que me gustó el vino italiano. Qué demonios, el argentino, el francés, el californiano… todos estaban buenos.

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Luego, cómo no, llegó la hora del gintonic. Esta vez no hizo falta utilizar cuchara para tomarlo como en otras ocasiones pero poco a poco la noche se fue complicando, y complicando y complicando… No recuerdo mucho pero qué os voy a decir de la noche donostiarra, que no sepáis. Es una jungla en la que es difícil moverse, te vas enfrentando al fondo de una copa vacía para esconderte de los miedos y temores que supone guiarse por terreno hostil.

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Y la mañana siguiente, es cuando se complica el tema. Esa cabeza que resuena como un tambor, ese trapo en el que se ha convertido tu lengua donde los efluvios de la noche anterior se mezclan con unas horas de sueño revuelto. Observas la ropa tirada alrededor de la cama e intentas recordar cómo has sido capaz de volver a la nave en línea recta. Por qué será que las noches de sábado que se complican dejan el tiempo aprovechable del domingo reducido a la mínima expresión. En serio, tengo dudas si los esfuerzos realizados los sábados por la noche compensan las lamentables condiciones físicas y mentales en las que uno se encuentra los domingos.

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El día después siempre es complicado, lleno de arrepentimientos por algún hecho vergonzoso acontecido por la excesiva ingesta de alcohol. La mañana se suele convertir en una nebulosa turbia en las que muchas veces cuesta hasta llegar a la ducha. El despertar del nuevo día suele estar lleno de incógnitas en muchos casos, por los infructuosos intentos de reconstruir de todos los acontecimientos de las últimas horas. Pero, personalmente, para mí, la peor parte es la necesidad de disponer de un cerebro nuevo. En todo caso, mi terapia irremplazable, un buen desayuno. Y el domingo tuve la suerte de probar el Café Lafosse en la calle Txofre en Gros. Sabéis que siempre me ha gustado llenar los 7 estómagos con fundamento y fuste, y el desayuno es una de mis tres comidas favoritas. Un bonito rincón tranquilo donde se desayuno como un rey, cosa complicada a pesar del éxito de las cafeterías por estas tierras.

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En todo caso, lo importante; bien sea en una noche de fiesta y alcohol o con un buen desayuno intentando reconstruir cuerpo y mente, es la compañía. Y no me puede quejar, yo este fin de semana he tenido la mejor. Así se disfrutan todos los días, los de antes, y los de después.