Noche Donostiarra 1 – Teniente Gorb 0

Todavía me dura el subidón, tras el premio del jueves como mejor blog personal en los Premios Diariovasco.com 2013, tengo una sonrisa de lelo que no me puedo quitar de la cara. No tenía muy claro cómo iba a responder el público a la aparición de un extraterrestre morado con tentáculos, así que me posicioné en un discreto segundo plano mientras un buen amigo tomaba mi puesto. Aunque, ahora que lo pienso, podría haber escogido a alguien un poco más bajito. No sé si fue casualidad, pero el que le entregó el premio muy alto no era, y la imagen de la entrega fue… dejémoslo en divertida.

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Semejante chute de adrenalina me dejó más feliz que una lombriz venusiana en época de apareamiento así que el viernes por la noche me dispuse a atacar la noche donostiarra de manera activa. Como bien sabéis, ya he hecho alguna incursión en la fauna nocturna, estudiando el terreno poco a poco. La verdad es que mucho éxito no he tenido. El viernes estaba mentalizado para ir un paso más allá.

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Lo primero, como no, llenar el estomago. Soy muy fan de la gastronomía local, pero esta vez aproveche para probar delicias de otros lugares. Yo todo lo que sea comer con las manos y relamerse con gusto lo disfruto a más no poder. La pizza es un plato pensado para mí. Y para arrancar la noche, un poco de gasolina para el valor. Porque, si tomas un poco de champán, toda misión parece más fácil. No hay mayor preocupación que conseguir que te vuelvan a llenar la copa.

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Pongámonos en situación, son las 00:30 del 30 de noviembre de 2013, Parte vieja donostiarra y hace un frío que más que sentir el viento, se mastica. Un pobre alienígena se decide a buscar calor humano, que ya ha pasado meses por aquí, y la verdad es que las noches en la nave son largas en soledad. Entra en el primer bar y surge la primera duda. ¿Qué ginebra seleccionar? El gin-tonic está de moda y todo el mundo lo bebe, contra más condimentos mejor. Pero vamos a ver, si me pones una lista de 40 ginebras lo siento, no tengo ni puñetera idea de cuál elegir. No soy capaz de distinguir la diferencia entre el toque de eneldo o la pizca de enebro en mi bebida. Mi paladar no aprecia el brillo especial de romper la burbuja de la tónica antes de mezclar la bebida. Soy un alienígena de gustos sencillos, pero en fin, ahí donde fueres haz lo que vieres. Bebe y deja vivir.

Curiosamente, el porcentaje de especímenes masculinos era sensiblemente superior al de femeninos, pero siempre me han gustado los retos. Todos formaban impenetrables círculos, parecía que había un pacto no escrito de crear posiciones defensivas para que ningún personaje ajeno al grupo se atreviera a mezclarse con ellos. Seguí revoloteando por el bar intentando llegar a los contactos en la tercera fase pero, no había manera. En un momento, llegue a pensar que me había dejado puesto mi escudo de invisibilidad, juro que alguna de las mujeres del bar parecía capaz de ver a través de mí. No existía para ellas. Lo más bonito que me dijeron fue: Vete a tu casa. ¡Pues no tengo casa! Estoy atrapado aquí.

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Así que hice lo único que puede hacer un pobre extraterrestre metamorfoseado en joven donostiarra una fría noche de viernes, seguir bebiendo intentando que sonara la campana y encontrara respuesta a mis encantos intergalácticos. Pero no había manera, y mientras mi nivel de alcohol en sangre subía, era menos capaz de estrechar lazos con palabras que tuvieran sentido. Mi discurso pasó de los poemas de ese tal Neruda a los bramidos de un elefante. Así que finalmente desistí y volví a la nave con los tentáculos entre las piernas. De la resaca del día siguiente mejor ni hablamos. Eso sí, noche donostiarra, te aviso, has ganado la batalla pero no la guerra.

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¿Qué bebemos hoy?

Sol, calor, altas temperaturas… Yo pensaba que eso que llaman verano no llegaría nunca. Y si llegó, y se quedó. Y los filtros térmicos de la nave se han estropeado. Y no hay manera de arreglarlos con la condensación y el agua salada. Y… Vamos, una tormenta perfecta. Decidí tomar cartas en el asunto y opté por mojar mi garganta con algún brebaje bien fresquito.

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El champán es muy divertido, tiene muchas burbujas que se te suben por la nariz. El problema son las copas en los que lo sirven. ¡No cabe nada! Por eso decidí comprar unas botellas y degustarlas en la nave directamente de la botella. El corcho de la tercera botella salió disparado y rompió el transmografiador cuántico pero, curiosamente, no le di demasiada importancia.

De las divertidas burbujas del champán pasamos al pacharán, un dulce néctar que pude disfrutar tranquilamente mientras veía anochecer en esta bella bahía. Este licor ancestral me dejó un dulce regusto en la boca que me animo a seguir humedeciendo el gaznate.

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Tras una metamorfosis rápida en un turista rubio, más rojo que un cangrejo de río salí disparado a la Parte Vieja. La verdad es que el incremento del número de extranjeros ha jugado a mi favor, es mucho más fácil pasar desapercibido cuando hay gente de todos los tipos y colores por la calle. Vale, todavía no me he encontrado a ningún extraterrestre morado con tentáculos y tres ojos pero, he visto gente rara. MUY RARA…

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Las copas llegaban a mis manos una detrás de otra, y cada vez era un alienígena más feliz. Me empezaba a sentir capacitado incluso para pedir las copas en euskera, aunque por la cara de la camarera no lo hice demasiado bien… Le hice saber que era el bisnieto de un vasco que emigró a Hamburgo pero… Creo que no fui excesivamente convincente. Las puñeteras copas parecía que tenían agujero, nada calmaba mi sed…

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Lo siguiente fue abrir los ojos abrazado a un caballito del Carrusel del Alderdi Eder… con torpes movimientos conseguí volver a la nave maldiciendo porque estaba convencido que moscas de Saturno se habían colado en mi cerebro y lo estaban agujereando… Pero tras un repaso al sabio Google descubrí el mejor remedio. Soy fan de las naranjas.

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Esa noche me quedó claro que mezclar esos dulces líquidos que esta gente tanto admira no es sano. Me sigo quedando con los pintxos. He pensado asignar a una bebida cada día de la semana. Un aguerrido explorador como yo debe de ser capaz de introducirse en todos los estratos de la vida socio-cultural-nocturna del lugar que analiza. Pero, personalmente, sigo pensando que esta es mi favorita:

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Una cerveza fresquita una noche calurosa de verano se podría considerar incluso mejor que nadar por las cálidas aguas de los ríos del planeta Raigón. De hecho, gracias a los consejos de un sabio gurú llamado Kike On Tour, estoy pensando en preparar mi propio brebaje. Cada día soy más donostiarra, ahí donde fueres haz lo que vieres. Aunque sé que me queda mucho por aprender.