Un San Valentín Rapidín

Esto de hacerse un lugar en la historia de la galaxia explorando nuevos territorios es muy gratificante pero, a veces es muy duro. Y sobre todo solitario. Voy entendiendo poco a poco a los donostiarras, y si ellos mismos lo tienen un poco complicado para conseguir algo de cariño en esta ciudad, qué os voy a decir de un alienígena morado y con tentáculos.

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Pero era San Valentín, y además Carnavales. Ni una alineación de las estrellas de La Constelación Rixiana parecía más propicia que el pasado fin de semana para buscar algo de calor humano, alienígena o lo que surgiera. El invierno es largo, y nunca está de más un poco de compañía para pasar las frías noches acurrucados bajo la manta, pasear bajo la lluvia… No sé, creo que últimamente ando un poco tontorrón.

Dicho y hecho, arranqué el fin de semana con una misión clara y concisa, disfrutar del 14 de febrero en buena compañía. Era el momento de pasar a la acción y poner en práctica todos mis conocimientos sobre donostiarros y donostiarras. Pero el viernes por la noche la cosa se presentaba complicada. Climatología adversa, cómo no, calles poco concurridas y un alienígena a un gintonic pegado en la barra del bar clavado. No había manera, pocas veces me he sentido tan sólo. Quizás la culpa fue mía por no haberme metamorfoseado en humano. Pensaba que el Carnaval era mi momento y podría enseñar mis auténticos encantos a los donostiarras. Pero, por muchas felicitaciones que recibiera por la autenticidad de mis tentáculos, no había manera de mantener ninguna conversación civilizada.

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Hasta que llegó ella. Una belleza vestida de astronauta. El destino llamaba a mi puerta. El grado de embriaguez de la señorita también ayudó, no lo vamos a negar. En cuanto dije que desde mi casa tenía vistas a la bahía, los ojos le brillaban con el símbolo del dolar. Pobrecita, no sabía que mi casa está hundida en la bahía, no frente a ella en Miraconcha. Ya llegaría el momento de contarle eso. No sé muy bien cómo, la cantidad de ginebra en sangre de la señorita y un servidor era bastante elevada pero, quedamos para cenar la noche siguiente. Ding ding ding! Premio para Gorb.

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Una mañana elegante, un buen desayuno rodeado de flores en el Café Laffose, todo se presentaba a favor. Para qué negarlo, tenía el ego subido. Era mi momento. Afortunadamente tuve un momento de lucidez y decidí aprovechar mis conocimientos del Hotel de Londres para colarme en una habitación. No sé cuánto tiempo me voy a quedar, y no es muy inteligente enseñar tu base de operaciones en el fondo de la bahía a la primera que pasa.

Opté por mostrar apariencia humana inicialmente, no se puede tentar a la suerte en tu primera cita seria en la tierra. Una buena cena y un paseo hasta el hotel. La cosa pintaba bien, no sé, todo parecía propicio y digamos que tomar una copa mirando a la bahía mejora el ambiente. Yo la miré ella me miró, risas tontas y comentarios superfluos nos llevaron al dormitorio y…

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Gritos, chillidos, tortazos y portazos; acompañados por amenazas y palabras malsonantes me dejaron tirado en la cama sin saber muy bien qué había pasado. Bueno, sí, el sexo entre diferentes especies siempre es complicado. Las diversas razas de la galaxía tienen sus “orificios especiales” en lugares que no suelen coincidir y la manera de llegar al extásis puede tener muchas variantes. En mi caso, creo que mostré mi ubre amatoria demasiado pronto.

Un jugador nunca debe enseñar sus cartas demasiado pronto. Pareces nuevo Gorb, lo del sábado fue un error de novato, tú que te has llevado al huerto a razas de todos los tipos y colores. Si te vieran tus compañeros de La Academia Interestelar tendrían bromas para rato. En fin, de todo se aprende. Esto es una carrera de la larga distancia y siempre me quedará refugiarme en la gula frente a la lujuria. El que no se consuela es porque no quiere.

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Noche Donostiarra 1 – Teniente Gorb 0

Todavía me dura el subidón, tras el premio del jueves como mejor blog personal en los Premios Diariovasco.com 2013, tengo una sonrisa de lelo que no me puedo quitar de la cara. No tenía muy claro cómo iba a responder el público a la aparición de un extraterrestre morado con tentáculos, así que me posicioné en un discreto segundo plano mientras un buen amigo tomaba mi puesto. Aunque, ahora que lo pienso, podría haber escogido a alguien un poco más bajito. No sé si fue casualidad, pero el que le entregó el premio muy alto no era, y la imagen de la entrega fue… dejémoslo en divertida.

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Semejante chute de adrenalina me dejó más feliz que una lombriz venusiana en época de apareamiento así que el viernes por la noche me dispuse a atacar la noche donostiarra de manera activa. Como bien sabéis, ya he hecho alguna incursión en la fauna nocturna, estudiando el terreno poco a poco. La verdad es que mucho éxito no he tenido. El viernes estaba mentalizado para ir un paso más allá.

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Lo primero, como no, llenar el estomago. Soy muy fan de la gastronomía local, pero esta vez aproveche para probar delicias de otros lugares. Yo todo lo que sea comer con las manos y relamerse con gusto lo disfruto a más no poder. La pizza es un plato pensado para mí. Y para arrancar la noche, un poco de gasolina para el valor. Porque, si tomas un poco de champán, toda misión parece más fácil. No hay mayor preocupación que conseguir que te vuelvan a llenar la copa.

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Pongámonos en situación, son las 00:30 del 30 de noviembre de 2013, Parte vieja donostiarra y hace un frío que más que sentir el viento, se mastica. Un pobre alienígena se decide a buscar calor humano, que ya ha pasado meses por aquí, y la verdad es que las noches en la nave son largas en soledad. Entra en el primer bar y surge la primera duda. ¿Qué ginebra seleccionar? El gin-tonic está de moda y todo el mundo lo bebe, contra más condimentos mejor. Pero vamos a ver, si me pones una lista de 40 ginebras lo siento, no tengo ni puñetera idea de cuál elegir. No soy capaz de distinguir la diferencia entre el toque de eneldo o la pizca de enebro en mi bebida. Mi paladar no aprecia el brillo especial de romper la burbuja de la tónica antes de mezclar la bebida. Soy un alienígena de gustos sencillos, pero en fin, ahí donde fueres haz lo que vieres. Bebe y deja vivir.

Curiosamente, el porcentaje de especímenes masculinos era sensiblemente superior al de femeninos, pero siempre me han gustado los retos. Todos formaban impenetrables círculos, parecía que había un pacto no escrito de crear posiciones defensivas para que ningún personaje ajeno al grupo se atreviera a mezclarse con ellos. Seguí revoloteando por el bar intentando llegar a los contactos en la tercera fase pero, no había manera. En un momento, llegue a pensar que me había dejado puesto mi escudo de invisibilidad, juro que alguna de las mujeres del bar parecía capaz de ver a través de mí. No existía para ellas. Lo más bonito que me dijeron fue: Vete a tu casa. ¡Pues no tengo casa! Estoy atrapado aquí.

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Así que hice lo único que puede hacer un pobre extraterrestre metamorfoseado en joven donostiarra una fría noche de viernes, seguir bebiendo intentando que sonara la campana y encontrara respuesta a mis encantos intergalácticos. Pero no había manera, y mientras mi nivel de alcohol en sangre subía, era menos capaz de estrechar lazos con palabras que tuvieran sentido. Mi discurso pasó de los poemas de ese tal Neruda a los bramidos de un elefante. Así que finalmente desistí y volví a la nave con los tentáculos entre las piernas. De la resaca del día siguiente mejor ni hablamos. Eso sí, noche donostiarra, te aviso, has ganado la batalla pero no la guerra.