Arzak, simplemente Arzak

Extraterrestre cae en planeta desconocido, extraterrestre se agobia y se siente perdido, extraterrestre descubre que está en un txoko cojonudo de la galaxia. Y así, uno se despista y lleva más de cuatro años en este rincón del universo donde básicamente se dedica a comer y a beber. Bueno, de vez en cuando también corre poco y hace algo de ejercicio. Dicen por ahí que tengo mucho vicio, y si revisáis mi Instagram… Puede que tengan razón, jeje.

Pues eso, que aquí sigo. El Teniente Gorb siempre dispuesto a seguir exprimiendo y descubriendo los entresijos una ciudad que cada vez le gusta más. A pesar de la climatología bipolar que me tiene loco y va fatal para mis catarros marcianos. Creo que este otoño ya llevo tres. Los que me conocéis sabéis que mis siete estómagos no se llenan solos y trabajo arduamente para no pasar hambre. Siempre me gusta descubrir lugares nuevos. Pero, si hay un lugar grabado a fuego en la mente de todo donostiarra, y de medio mundo; es el restaurante Arzak.

Gipuzkoa es la zona con más estrellas Michelín por metro cuadrado y si un restaurante tiene su nombre grabado a fuego en la historia de la gastronomía, es el Arzak. Uno es un explorador concienzudo y sabía que un análisis exhaustivo de Donostia exigía una visita a semejante templo.

Muchos dirán que la alta cocina está sobrevalorada. Que no vale su coste. Que si las raciones son pequeñas, que si sales con hambre… lo sé. Hay restaurantes de alta gama de los que al salir me he sentido estafado. Pero también he pensado que me han robado cuando he pagado 20 euros por una “ensalada templada de lo que caiga” y una cerveza en ciertos antros. Lo de Arzak fue una experiencia gastronómica que disfruté con los cinco sentidos.

¿Cómo va a estar malo un bogavante troceado y salteado con polen fresco, sabor acido y dulce de panal azul? O los carabineros marinados en hierba de limón y menta acompañados de un preparado untuoso de remolacha y crujiente de krill. Vale, no sabía lo que eran la mitad de las cosas que comía a pesar de que el maître estuvo atento en todo momento a nuestras dudas. Pero para qué ponerse a pensar. Sólo tocaba disfrutar. Eramos el ejemplo de unos clientes satisfechos. Lo redondearon sacándonos un plato de foie extra para rematar el menú degustación. Con lo que me gusta a mi el foie. Casi lloro.

Una experiencia que tocaba vivir al menos una vez. Ya lo puedo borrar de la lista de sueños pendientes. ¿El próximo cuando y dónde?

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De brujas, cavernícolas y txalaparta

La vida sigue en este bello rincón perdido en la galaxia. Este verano ha estado lleno de locura y desenfreno, jugando a un maquiavélico juego que podríamos llamar “De boda en Boda” en vez de “De Oca a Oca”. La verdad es que no me puedo quejar, desde el marisco gallego hasta las camisas floreadas, ha sido un no parar pero; me he fundido mi asignación de gasto mensual establecido por mi estimada Comandancia Interestelar. Creo que ya no cuelan más gin tonic como gasto de “análisis y reconocimiento del terreno”.

Así que he optado por descubrir rincones cercanos, y qué narices, seguir trabajando. Buscamos teletransportarnos a los confines más alejados de la galaxia y no conocemos qué pasa en la puerta de enfrente. Siempre he pensado que para conocer a alguien, hay que saber de dónde viene así que la primera parada fue las cuevas de Sara, un bello paraje en tierras vasco-francesas.

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Innegable el atractivo de la zona, y poder imaginar cómo vuestros ancestros se recogían del frío en ese lugar. Un bonito paseo de aproximadamente 45 minutos por el interior de la cueva bien merece una parada. Lo que me chirrió un poquito, vino a la salida.

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Vamos a ver, terrícolas míos. Soy el primero que piensa que hay que fomentar la cultura autóctona y trabajar para que no se pierdan las raíces pero, lo del cavernícola de la imagen tocando la txalaparta… No hay por dónde cogerlo. Prometo que he buscado datos, y entiendo el uso de la percusión como método de comunicación pero… que lo sigo sin ver, ni entender. Un poquito de por favor.

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Toca dar un salto y plantarse en Zugarramurdi, bonito pueblo a pocos minutos de Sara en nave espacial. En este caso no encontré Home Sapiens tocando instrumentos, aquí había señoritas rubias con pies de pato que me animaban a bailar con unas damas en el campo junto a la cueva.

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La verdad es que el entorno natural ayudaba a sentirse en unión con la tierra pero, cuando apareció el macho cabrio opté por salir por patas, o por tentáculos en mi caso. Esa historia, no podía acabar bien.

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Conociendo los antecedentes de la zona, con más de 300 personas apresadas en el siglo XVII, a ver dónde iba acabar yo. Si a una pobre señora que utilizaba remedios naturales acababa en una celda, a saber qué haría la inquisición con un ser morado y de tentáculos como yo.

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Y nada mejor que acabar llenando los siete estómagos. Como nota curiosa, el solomillo con foie se servía sobre una rodaja de pan, bien mojado en salsa, como el plato ya era ligero, había que darle consistencia. Es muy curiosa vuestra historia estimados terrícolas, tengo que seguir investigando sobre los orígenes de la txalaparta y la brujería, tengo una cita para la semana que viene con una tal Mari, y quiero ir preparado.

Largo verano de aventuras

Mensaje para el Teniente Gorb

¿Está usted vivo?

P.D.: ¿Hay que cancelar la misión de rescate?

La Comandancia Interestelar

¡Hombre Comandancia! Cuanto tiempo sin vernos, bueno leernos. Pero, ¿misión de rescate hay? Que no es que me queje pero, llevo más de tres años por aquí, y creo que no hay atisbos de salir de este rincón perdido en la galaxia.

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La verdad es que en peores sitios podría haber caído, que Donosti es muy bonito. Pero esta climatologia bipolar va fatal para mis catarros marcianos. Véase la imagen superior como representación visual de cómo el clima donostiarra puede cambiar en unas pocas horas. Vale, quizás se me ha ido un poco la mano con los filtros de Instagram pero, creo que la idea queda clara. En el próximo envío de provisiones incluyan un par de palets de kleenex por favor. Que no sé qué me da que el otoño será largo.


Yo he seguido disfrutando de San Sebastián en todo su esplendor. Es el año de la Capitalidad Europea, y se nota. Yo casi casi me considero un donostiarra más y despotrico contra los guiris pesados como el que más. Que todavía no han aprendido que ¡no hay que llenar el plato de pintxos en el mismo bar! Aaaaay, lo que os queda por aprender queridos. Ah, y llega el Zinemaldi, días especiales en Donostia donde los haya.
En todo caso, si hay un día que me guste es el de la Bandera de la Concha. No sólo por las regatas, que es un deporte que me sigue impactando. La verdad es que lo vuestros deportes… merecen un capítulo aparte. Pero, ese día es muy importante en la Kuadrilla que me suelo infiltrar de vez en cuando. Es el concurso de pintxos anual.

El año pasado mis viajes por tierras inglesas me impidieron asistir. Y este año no niego que iba con ganas. Busqué recetas durante semanas intentando encontrar la combinación de sabores perfecta. Lo que no esperaba, y me tocó los tentáculos de manera soberana no lo voy a negar… ¡Era quedar último!


Admito que cometí un error de principiante, no probé la receta antes. Y utilizar ingredientes exóticos como el cous cous y las hierbas provenzales quizás era demasiado arriesgado pero, que te gane un pintxo de txistorra frío… El año que viene me llevo la pistola de rayos cuánticos para darle el último golpe de calor al pintxo. O un poco de jamón del bueno y punto… Para qué pasarse horas en la cocina. Está claro que el tema de las condiciones medioambientales en este concurso es básico. Que no podemos calentar los pintxos vamos. Bueno, y lo de la miel y la boca del asno también hay que tenerlo en cuenta. Qué le vamos a hacer, lo que vale en estos acontecimientos son las risas en inmejorable compañía.
Lo que no te mata te hace más fuerte. Yo que he peleado en las Dunas de Falafles saldré de ésta, y el año que viene volveré a la pelea con los tentáculos bien altos. Y el postre para 15 claro, que ser el último tiene premio. En fin…

¡Viva el vino!

El beber está de moda. Bien sea para deleitar el paladar con un buen caldo de las mejores uvas, para celebrar algún acontecimiento en buena compañía o, para qué engañarnos, olvidar las penas; lo de deleitarse con un buen vino está en boga. Y lo más curioso es que parece que todo el mundo sabe de vino.

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“Yo sólo bebo Gran Reserva porque mi paladar es capaz de discernir el leve cariz de frambuesa de la riviera francesa en el momento que la lengua roza el brebaje divino”. Cuanto mal ha hecho Internet, todo el mundo es sumiller, enólogo y sabio de la uva. Lo confieso, siempre he sido más de tinto que de blanco, quizás hasta un poco racista vinícolamente hablando pero el sábado todo cambió.

lost_in_la_concha_txakoli_ameztoi_getaria_euskadi_pais_vascoTuve la enorme suerte de ser invitado a un paseo por las instalaciones de Ameztoi en Getaria. Había disfrutado de las bondades del pueblo, sin saber que en los colinas de los alrededores se plantaban las uvas responsables de un espectacular brebaje del que ya soy fan, el txakoli.

lost_in_la_concha_ameztoi_getaria_euskadi_pais_vascoUno se sacrifica por la causa, y estoy obligado a analizar todas las costumbres terrícolas, así que poder conocer los secretos de la elaboración del vino en cuestión era importante. Y ya que estamos, pasar un buen rato en la mejor compañía, como no. Al final, lo que me quedó claro es que lo importante no es si el vino ha tenido 10 años para envejecer en barrica de roble americano o francés. O si se aprecia el leve toque de enebro cuando el líquido desciende por la garganta. Como un terrícola sabio me comentaba durante una excelente comida regada por litros y litros de txakoli, el buen vino se asocia a momentos y personas. Un gran reserva no tiene por qué ser mejor que un vino del año por decreto ley. ¡Si hasta he tomado vino con pomelo! No hay que tener miedo a probar cosas nuevas señores, y hay vida más allá del Rioja.

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En resumen, fue un gran sábado. El problema llegó al intentar volver a la nave. Tome la costa como guía, pensando que si seguía la línea del mar, llegaría a mi amada Concha sin problemas. Cuando aprecie el contorno del Museo Guggenheim en la lejanía me di cuenta que mi teoría inicial era válida, si escogía la dirección correcta. Finalmente llegué a mi hogar, con mi cajita de txakoli para rememorar los buenos momentos vividos en la nave. El dolor de cabeza del día siguiente es otra historia. Y puedo decir sin sonrojarme que yo ERA de tinto, pero me he abierto a experiencias nuevas. ¡Viva el vino!

A veces… Veo comida, y más comida

Y yo sigo aquí, paseando, investigando y disfrutando. Dejando a un lado conflictos puentiles y semanas de lluvía intensa que me han hecho arrastrar un catarro marciano tras otro, sigo saboreando Donostia. Es una ciudad con magia, aunque sea gris, húmeda y fría.

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Al mal tiempo buena cara, y qué mejor manera que hacer parada y fonda en algún rincón. Tenía más que probada la terraza del Kata 4, imprescindible en San Sebastián. Pero me faltaba probar su cocina más a fondo. En estos tiempos se multiplican las ensaladas a 13 euros y raciones recalentadas por las que pagamos un ojo de la cara, así que siempre es un placer degustar un menú un poco más elaborado con ingredientes de los buenos. Tengo que darme un homenaje a base de ostras un día. Volveré!

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Lo mío es vicio y cuando cojo carrerilla no paro. También he podido disfrutar de la temporada de sidrerías. Pero hay sidrerías… y sidrerías. Araeta se sale de la sagardotegi habitual en la que necesitas comer con el plumífero puesto. De hecho, tienen sidra de pera. Sí, de pera. Confesaré que así como el resto estaban un poco flojitas, la de pera estaba muy buena. Uno ya empieza a tener una edad, y poder comer calentito, pues se valora. Y cuando te hartas de carne, pues es una buena señal. Sin prisa pero sin pausa, me puse hasta arriba.

Y la cosa ha seguido, porque yo a veces veo comida… y más comida. Donostia es una ciudad de mucha tradición culinaria. Lo he visto, lo he vivido y lo he saboreado. Pero las cosas cambian, y hay rincones que dejan un hueco difícilmente llenable en el corazón de muchos donostiarras. Había oído hablar del Urepel como templo gastronómico en la mente de muchos donostiarras. Hace poco ha reabierto sus puertas con aires renovados. Había que probarlo.

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La verdad es que tras un día duro, fue un placer de cena. Los raviolis rellenos estaban para lamer el plato y no dejar gota. El bacalao en ajoarriero, también suculento. Pero me sobrevino el espíritu sano tras las semanas de excesos y opté por un postre “saludable”. Deliciosa fruta con yogurt que duró poco en el plato. En todo caso, acabé trapiñándome la mitad del tiramisú de mi acompañante. No llegó a la foto, si es que no tengo medida. Eso sí, estaba ESPECTACULAR!

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No me pierdo una, la carne es débil. Está claro que los pruebas físicas de la Academia Interestelar ya no los apruebo ni de coña. Así que toca darle caña al cuerpo. No soy muy fan del fenómeno gimnasio pero la verdad es que lo de la electroestimulación combinada con el ejercicio me ha gustado. Lo de venir a Ekibe, tiene un punto masoca, puesto que te tiembla todo el cuerpo mientras haces ejercicio. Veremos como va la cosa, seguiremos informando sobre la “Operación alienígena buenorro”. Disfruten de la Semana Santa estimados terrícolas. Torrijas time!

A falta de Concha, buenas son zamburiñas

Septiembre en Donosti mola, pero la verdad es que todavía tenía ganas de viajar. Así que aprovechando la puesta a punto de la nave para el viaje a Londres, puse rumbo a un lugar lleno de misterio. Pero sobre todo… ¡Cómo se come en Galicia!

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A mi ya sabéis que lo de llenar el estomago, me pone. Y en esa tierra se puede aprovechar todo lo que ofrece el mar. Lo de las navajas y las zamburiñas, tendría que ser delito. Estoy planteándome seriamente lo de montar un vivero junto a la nave en La Concha. No sería mal negocio. Y pulpo por aquí, sé que se come pero, yo creo que en Galicia sabe diferente. En la vida he dejado los platos tan limpios.

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En todo caso, no sólo me he dedicado a zampar; misión de reconocimiento en Islas Cíes, un paraíso terrenal. Un espectacular lugar que bien merece una larga parada. Tras un buen paseo, opté por poner los tentáculos a remojar. Aguas cristalinas invitaban a un largo baño pero, debí analizar la situación con detenimiento antes de meterme en el mar. Había mucha gente tomando el sol pero, pocos valientes se animaban al baño. Bellísimas aguas cristalinas, pero frías que te ca… Fui prácticamente incapaz de meter la cabeza bajo el agua, miles de agujas me traspasaban la sien. ¡Pero que me quiten lo nadao!

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Volví a Donosti dispuesto a reengancharme al Zinemaldi, una de mis épocas favoritas en San Sebastián. Desafortunadamente, mi baño ártico pasó factura, y me pasé 72 horas K.O. en la nave con gripe galopante. Se me pasó por la cabeza poner en marcha el protocolo de autodestrucción de la nave de lo malito que estaba. Lo mío son los melodramas. Pese a todo, no me puedo quejar, yo mi premio Donostia lo recojo todas las mañanas al amanecer en la Playa de la Concha.

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Comienza un nuevo curso, y con la llegada del otoño, sigo dispuesto a seguir investigando estas tierras. Saludos desde el fondo de la bahía, mis queridos donostiarras.

El finde tragón de Gorb

Ha sido un fin de semana duro, muy duro. Los calores veraniegos me tienen un poco revolucionado y me he dedicado a dejarme llevar por mis instintos más glotones. Al tener la nave en el fondo de la Bahía de La Concha, he podido hacer amigos marinos de todos los tipos y colores.

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Pero, no puedo negar que lo de comérmelos, me gusta aún más. Poder disfrutar de una buena mariscada como Dios manda me ayudó a coger aún mayor destreza con manos terrícolas. Pelar percebes, no es moco de pavo, y conseguirlo sin manchar a la mitad de los comensales, casi utópico. Así empezó un fin de semana de pura gula.

Afortunadamente, pude centrar mis esfuerzos en los animales más dotados de carne. Vale, las nécoras estarán muy buenas pero yo soy más partidario de la eficiencia en el trabajo. Para cuando el comensal que tenía al lado había comido media nécora, yo me había zampado ya 100 gramos de percebes, un par de ostras y una docena de gambas a la plancha. Tengo siete estómagos que llenar, y no puedo perder el tiempo. Por cierto, me reafirmo en que por unas kokotxas… mato.

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Amaneció el sábado, y pude disfrutar de un buen desayuno en el Café Laffose, siempre una buena idea. Además ¡con regalo! ¡Zorionak al Eibar en el 75 aniversario! Sabéis que de eso de darle patadas al balón no entiendo mucho pero, todo llegará.

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Y llegó el momento. LA COMIDA. En mis misiones de investigación, sabéis que a veces tengo suerte cuando me infiltro en alguna kuadrilla para analizar las costumbres locales. Esta vez, me tocó el premio gordo.

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Ay mis queridos compatriotas, qué dominado tenéis lo de degustar manjares y lo de comer en el Zuberoa fue toda una experiencia, no lo voy a negar. Tengo un amigo que dice que por tierras vascas la comida sabe mejor porque el nombre es más largo. No es lo mismo decir “patatas fritas” que “frutas de tierra bañadas en emulsión de aceituna al punto de sal”. No sé si es cierto pero, tras disfrutar del menú degustación, no tengo miedo en confesar qué en algunos casos no tenía ni puñetera idea de qué me estaba metiendo en la boca. En todo caso, lo disfrute como un enano. A pesar de que quizás, la idea de comer en la terraza no fue tan buena por el calor sofocante, la verdad es que puedo afirmar que esta experiencia gastronómica quedará marcada en mi cuaderno de bitácora en negrita.

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El problema llegó con la cuenta, el terrícola en el que metamorfoseé no llevaba la cartera encima. Menos mal que uno es apañado y pude hacer un trueque. Ahora que lo pienso, más que un fin de semana, fueron sólo 24 horas de lo más tragonas. El domingo me lo pasé fregando platos en el restaurante.

En todo caso, un gran fin de semana en el que he disfrutado de buena comida y sobre todo de buena compañía. Hay gente que dice que no se puede disfrutar de un bocata o una hamburguesa. Cada momento tiene su menú, dadme un bocadillo y una botella de sidra y un hueco en el puerto cuando queráis. Pero, este fin de semana tocaban viandas de nivel. ¡Y tan a gusto!

Con A de Alubiada

Hola, me llamo Gorb, Teniente Gorb; y me encanta comer. Vale, este tipo de confesiones están fuera de lugar ya que me vais conociendo un poquito. Por estas tierras lo del comer no es una necesidad fisiológica, es una religión. Y no seré yo el que se queje. Ya pude deleitarme con las bondades de las sidrerías, soy ya uno más de los amantes del txotx. Por cierto, la temporada arrancará en menos de un mes, habrá que ir haciendo hueco en la agenda. Lo bueno es que, a pesar de que pasa el tiempo, este planeta tiene la capacidad de seguirme sorprendiendo.

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¿Te vienes a Berastegi a comer alubias? Obviamente, con sólo incluir el verbo clave en la pregunta ya me tenían conquistado. Aunque no lo parezca, uno intenta llevar una vida sana. Las arduas labores de investigación llevan a este sufrido explorador a ponerse hasta arriba de suculentos platos, así que en los ratos libres servidor procura hacer un poco de deporte y comer sano. Me informaron que una vez a la semana había que comer legumbres. Dicho y hecho, pero me he centrado en las lentejas que dicen que tienen mucho hierro. Por cierto, me salen bastante aceptables, si alguno se anima de visita a la nave, ya sabe dónde encontrarme.

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Pues eso, que tocaba probar unas alubias con todo. Existen diferentes templos de la alubia repartidos por la zona pero, más de uno me ha subrayado el nivel de las del Restaurante Arregi (Kako) en Berastegi. Arrancamos con la ración de fritos de la casa. ¡Ay! La eterna pelea de las raciones de fritos. Porque no hablamos de un plato de croquetas, en las raciones de fritos hay mini-sanjacobos, gambas a la gabardina, huevos con bechamel… Esas miradas que se cruzan en la mesa para intentar saber quién es más fan de la gamba y quién va a atacar primero a las croquetas porque tienen más sustancia. Y ojo con despistarse que igual el de al lado ya se ha comido tres cuando todavía estas decidiendo.

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En todo caso, la pelea por los fritos y el pastel de cabracho fue un mero calentamiento para el plato principal. Las alubias con todo: su costillita, su choricito, su morcillita, su berza… Bueno, en mi caso esta última se quedó fuera. No acabo yo de pillarle el punto a la berza. Pero no es preocupéis que de hambre no me quedé.

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Lo que está claro en el caso de las alubias es que hay muchas escuelas de degustación. Hay gente que primero como el chorizo con pan, luego saborea la morcilla con un poco de berza y remata las alubias. Otros primero las alubias y luego van picando de condimentos. Yo opté por trabajar un poco antes para luego degustar el plato como dios manda; trocear todos los condimentos en el plato peleando con las ansias de empezar a dar bocados, para saborear luego todo junto a las alubias. Pura crema en la boca sí señor.

Del postre no llegue a la foto, porque ahí sí que sí, no me pude resistir a darle un bocado al bizcocho hecho en casa con chocolate por encima. Lo que está claro que se avecina un largo invierno pero, con planes como éste, ¿quién se va a quejar de que el sol haya huido?

El Nestor: templo de la gastronomía en Donosti

No solo de Zinemaldi vive el alienígena. Hoy que alimentar el espíritu pero también hay que preocuparse de temas más mundanos como llenar los estomagos. En esta ciudad uno puede elegir entre una variada selección de alimentos en lugares que van desde un bocadillo de una tasca inmunda hasta el restaurante más glamuroso de tres estrellas Michelin. Pero, hay ciertos lugares marcados a fuego en la mente de todos los donostiarras. Como ya comentamos hace unas semanas, el 99% de la gente de esta ciudad ha pisado alguna vez La Mejillonera, prácticamente todo el mundo ha tomado alguna vez un helado de los italianos, y la chuleta del Bar Nestor es tan conocida como los baños en la bahía de la Concha.

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Llevo casi año y medio por aquí, y todavía no había pisado este templo de la gastronomía donostiarra. Lo sé, pecado mortal según muchos, pero cumpliré mi penitencia volviendo una y otra vez. Así que ayer, cuando surgió la oportunidad de hacer una parada en esta joya escondida en el bullicio de la Parte Vieja, solo pude agradecer a los dioses el festín que iba a llegar a mis estómagos. Este informe de misión va dedicado con cariño a Kike on Tour, un terrícola que siempre me mantiene informado de los placeres del comer. Teníamos esto pendiente pero, no me he podido resistir.

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Las noches del Zinemaldi siempre tienen un toque diferente. Si entras a cenar y te encuentras con Josean Bengoetxea; de moda gracias a “Loreak” y “Negociador”, y a Oscar Jaenada, pues la cena arranca con otro aire. Hay que decir que el lugar grande no es, pero cada milímetro está aprovechado para que la gente pueda disfrutar de la comida a lo grande. Es curioso ver las cantidades de chuletas que se pueden ver por centímetro cuadrado. Afortunadamente el clima acompañaba y pudimos disfrutar en una mesa fuera. Y arrancamos con una ensalada de tomate. Pero tomate… tomate. Tomate que sabía a tomate. Tomate que explotaba en la boca. Tomate cuyo recuerdo me hace salivar. Y diréis, tomate que sabe a tomate hay en todos lados. Pues no mira, tampoco es tan fácil encontrarlo.

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Tras relamer el plato, llegaron los pimientos de Gernika. Por recomendación de la casa dejamos las guindillas de lado puesto que picaban pero no me arrepiento de haber abandonado uno de mis manjares favoritos. Esa sal gorda sobre unos sabrosos pimientos bien hechos… ya estoy salivando otra vez.

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Y llegó la carne. Una carne para la que no hay palabras. Se dice que con buen género está todo hecho. Sabéis que soy fan de todas las partes de la vaca pero, a las chuletas hay que saber dejarlas en su punto. A Nestor lo secuestro y me lo llevo a mi planeta si alguna vez consigo volver, yo aviso. En la bodega de la nave podemos meter un buen rebaño de reses para una temporada larga.

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Mientras todavía me relamía me avisaron que me tocada un puro para acabar bien la cena con un cortado. Nunca he sido fan de convertirme en el tubo de escape de un vehículo echando humo por la boca, pero claro, al estar entre terrícolas desconocidos, no podía destapar mi tapadera. Menos mal que los puros eran dulces, a mí los cigarrillos de Tolosa me tienen conquistado desde hace tiempo.

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Y para acabar, a arreglar el mundo con un buen gin tonic, sintiéndonos como en casa gracias a la amabilidad de Tito y Pablo. Es de agradecer que los camareros se preocupen por sus clientes, sabéis que no pierdo la oportunidad de llenar los siete estómagos en diferentes establecimientos, y un buen servicio se agradece. Volví a la nave haciendo eses pero feliz como una perdiz (el chupito de licor de hierbas quizás tuvo algo que ver). Pero, tengo claro que me queda una asignatura pendiente todavía en el Nestor, probar la famosa tortilla de patatas. ¡Volveré!

Pintxos, pintxos y más pintxos

Mi nombre es Gorb, Teniente Gorb; y me gustán los pintxos. Vale, lo he dicho, pero no os estoy descubriendo nada nuevo, ¿no? Mi primera salida de pintxos fue épica y he seguido con la tradición. Sabéis que tengo debilidad por la txalupa del Bergara y la brocheta de pulpo de Casa Urola pero, siempre estoy dispuesto a descubrir nuevos placeres gustativos. Y para eso, Donosti es la ciudad ideal. Debo confesar que esta vez el archivo gráfico deja que desear pero, tenía mucha hambre. No estaba yo para parar mucho a sacar fotos, les quería hincar el diente.

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Me gusta parar en el Borda Berri, este pequeño tesoro en la Fermin Calbetón lo considero una joya simplemente porque no tiene pintxos fríos. Los turistas que no han hecho los deberes antes de venir, supongo que ni se plantearán entrar puesto que la barra está vacía. Ay, criaturitas… lo que os estáis perdiendo. Me empiezo a considerar capacitado para aconsejar a los de fuera tras haber pasado más de un año en estas tierras. Antes de lanzarte sobre la barra como un león sobre una inocente gacela, échale un ojo a los pintxos calientes por favor. No dudo de las bondades de un buen pintxo de ensaladilla rusa pero, los pintxos calientes te llevarán al siguiente nivel. Por eso me gusta el Borda Berri, y el risotto de idiazábal está en mi top de pintxos de la ciudad sin duda. ¡Ay que invento el Idiazabal! ese queso de oveja lo tengo que exportar. Lo que no tengo claro es si seré capaz de criar ovejas lachas en mi planeta.

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Siguiente parada, el pintxo de carrillera de La Cuchara de San Telmo. Este sitio los turistas se lo conocen bien. Una vez, me junte con un grupo de japoneses, otro de alemanes, otro de franceses y el último creo que eran americanos, todos degustando las delicias del establecimiento. Si uno busca comer con tranquilidad debe buscar horas poco habituales, en todo caso, pegarse un poco por la comida, hace que los manjares sepan mejor. Yo creo que al león, si le cuesta cazar a la gacela, la disfrutará más. Perdón, ahora que lo pienso las que cazan son las leonas… Chico listo el león sí señor.

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En San Sebastián hay muchos sitios para degustar buenos pintxos. Desde la cocina más experimental, donde no tienes claro si lo que tienes en el plato lo tienes que comer, beber o utilizarlo como crema exfoliante; hasta los bares clásicos de toda la vida donde llevan años llenando estomagos con viandas de toda la vida. La Mejillonera entra en ese selecto club de lugares en los que el 90% de los donostiarras han parado alguna vez y han degustado sus mejillones y bravas. Me atrevería a decir que todos los bares donostiarras tienen en su carta raciones de bravas, pero tan ricas como las de este bar, pocas.

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¡Y que no falte el postre! Las malas lenguas dicen que Donosti es la ciudad del paseo y el heladito, que no da para más. Envidia cochina, eso es lo que hay. Los helados de Papperino siempre son una buena idea para acabar el día, jeje. Personalmente, apuesto por el de tarta de manzana, una delicia que no deja indiferente a nadie. Y si tenéis ganas de algo más salvaje, a por el helado de mojito.

Pues eso, que mucha gente llega al séptimo cielo llenando bien el estomago, en Donosti te llevamos hasta el octavo como mínimo. ¡De ahí p’arriba! On egin.