El día después

Sabéis bien que la noche donostiarra me confunde. No hay manera de comprender vuestros rituales de apareamiento. Grupos cerrados del mismo sexo miran de reojo al resto intentando aproximaciones esporádicas, pero lo de pillar cacho es algo complicado, casi milagroso. Os da por beber extraños brebajes para daros valor, como si lo de conseguir algo de amor y cariño fuera sólo cosa de pociones mágicas. No lo negaré, poco a poco me voy aficionando a ese extraño zumo de uva fermentada que denomináis vino en sus diversas variantes. Los que compartimos peripecias en Instagram sabéis que la noche del sábado fue divertida gracias a una cata de vinos que disfrute en buena compañía. Los pormenores de la noche están algo borrosos pero puedo decir, que me gustó el vino italiano. Qué demonios, el argentino, el francés, el californiano… todos estaban buenos.

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Luego, cómo no, llegó la hora del gintonic. Esta vez no hizo falta utilizar cuchara para tomarlo como en otras ocasiones pero poco a poco la noche se fue complicando, y complicando y complicando… No recuerdo mucho pero qué os voy a decir de la noche donostiarra, que no sepáis. Es una jungla en la que es difícil moverse, te vas enfrentando al fondo de una copa vacía para esconderte de los miedos y temores que supone guiarse por terreno hostil.

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Y la mañana siguiente, es cuando se complica el tema. Esa cabeza que resuena como un tambor, ese trapo en el que se ha convertido tu lengua donde los efluvios de la noche anterior se mezclan con unas horas de sueño revuelto. Observas la ropa tirada alrededor de la cama e intentas recordar cómo has sido capaz de volver a la nave en línea recta. Por qué será que las noches de sábado que se complican dejan el tiempo aprovechable del domingo reducido a la mínima expresión. En serio, tengo dudas si los esfuerzos realizados los sábados por la noche compensan las lamentables condiciones físicas y mentales en las que uno se encuentra los domingos.

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El día después siempre es complicado, lleno de arrepentimientos por algún hecho vergonzoso acontecido por la excesiva ingesta de alcohol. La mañana se suele convertir en una nebulosa turbia en las que muchas veces cuesta hasta llegar a la ducha. El despertar del nuevo día suele estar lleno de incógnitas en muchos casos, por los infructuosos intentos de reconstruir de todos los acontecimientos de las últimas horas. Pero, personalmente, para mí, la peor parte es la necesidad de disponer de un cerebro nuevo. En todo caso, mi terapia irremplazable, un buen desayuno. Y el domingo tuve la suerte de probar el Café Lafosse en la calle Txofre en Gros. Sabéis que siempre me ha gustado llenar los 7 estómagos con fundamento y fuste, y el desayuno es una de mis tres comidas favoritas. Un bonito rincón tranquilo donde se desayuno como un rey, cosa complicada a pesar del éxito de las cafeterías por estas tierras.

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En todo caso, lo importante; bien sea en una noche de fiesta y alcohol o con un buen desayuno intentando reconstruir cuerpo y mente, es la compañía. Y no me puede quejar, yo este fin de semana he tenido la mejor. Así se disfrutan todos los días, los de antes, y los de después.

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