Lost in Zinemaldi

Me recriminaron que me dedicaba sólo a comer, y como yo soy un alienígena que hace lo que le dicen, esta semana he estado ocupado, y no zampando precisamente. Ya me habían avisado que septiembre es importante en Donostia, y cada vez estoy más de acuerdo.

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El pasado viernes arranco el Festival Internacional de Cine de San Sebastián. Septiembre es de cine en Donostia, este evento reconocido a nivel mundial transforma la ciudad, con la zona del río, entre el María Cristina, el Teatro Victoria Eugenia y especialmente el Kursaal como epicentro. Ya comentamos lo importante que es el Kursaal, y el cariño que le estoy cogiendo, y con el Festival me está gustando todavía más. Aunque debo señalar que sólo me puedo metamorfosear en terrícolas de estatura media-baja para sentarme cómodamente en sus butacas, si no, me quedo hecho un ocho.

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El jueves empecé a ver gente por la calle con unos extraños collares que me generaron mucha curiosidad. Unas extrañas placas de plástico que se convertían en símbolo de status que más tarde descubrí, eran pases para ver las películas. Y yo me pregunto, si son pases para entrar al cine, ¿por qué todo el mundo toma pintxos, cañas, cafés y lo que sea menester con las placas puestas? Curiosa secta en la que un puñetero cacho de plástico se convierte en símbolo de poder. Los que lo poseen lo enseñan con orgullo, y los que no lo poseen hace chistes sobre ellos. Pero realmente, se aprecian signos de envidia, mucha envidia. Yo de hecho el año que viene, si es que todavía sigo por aquí, me tengo que hacer con uno de ellos.

Luego está la secta gritona, que se junta principalmente en las cercanías del bonito Hotel Maria Cristina para chillar hasta desgañitarse cuando ven pasar a estrellas. Un fetiche curioso, que personalmente, no acabo de entender. Parece que tener a una estrella cerca y conseguir algún pelo suyo, es el sumun para este grupo de gente. Por mi parte, me he planteado muy seriamente transformarme en Mario Casas por un día. La que se montó cuando vino este chico, un fenómeno de masas, más bien jovencitas, digno de estudio.

Pero sobre todo, se aprecia mucho amor por el cine. Todo el mundo juzga, opina y da su punto de vista. Si se escucha con atención, el 90% de las conversaciones de la ciudad giran sobre el Festival de Cine. Y que gente tan conocida (para los terrícolas) como Oliver Stone se siente tranquilamente y comenté su documental con el público, da pie a ello.

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Haciendo la cola para entrar en el reciento, esperando el comienzo de la película sentado en la butaca… Por todas partes se pueden hacer buenos amigos. La capacidad de ponerse a hacer cola a las 8:10 a.m. en la puerta del Kursaal para ver una película es digna de mi más sincera admiración. Personalmente, de lo poco que he vivido por ahora en este Festival, de los mejores planes es disfrutar de la Sección Oficial a las 9 en el K1 y luego premiarse con un buen desayuno. Ya vuelvo a la comida, en fin.

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Estos son días de buen cine en los que se puede ver de todo; desde divertido cine de animación sencillo para pasar el rato como “Futbolín“, hasta thrillers agobiantes como      “Enemy“, o interesantes documentales como “The Untold Story of the United States” Pero, personalmente, por lo que me divertí, y lo que me enseño sobre la mitología de esta gente, por ahora me quedo con “Las Brujas de Zugarramurdi”. Esto de ser un investigador un planeta desconocido es algo solitario, y reírse a carcajada limpia nunca está de más.

Toda la ciudad se vuelca con el Festival, incluso los comercios, y Casa Aramendia tiene uno de los escaparates cinéfilos que más me ha gustado. Las alfombras rojas te hacen sentirte como una estrella y el color de la propia ciudad cambia. ¿Cómo no me va a gustar un Festival en el que el premio es mi rincón especial en la ciudad, La Concha de Oro?

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