Bajo la atenta mirada del gigante de piedra

Días y más días de tiempo revuelto me han hecho darme cuenta que en esta ciudad hay que aprovechar a tope los pocos rayos de sol que se dignan a asomar. El sábado fue una de esas mañanas y opté por aventurarme en un lugar que había llamado mi atención desde el primer día. Llevaba tiempo posponiendo la visita pero es que el gigante de piedra que me observa desde lo más alto de esa montaña hace que se me ponga la piel de gallina en todos mis tentáculos.

Por algo me gradué con honores en la Academia interestelar y me enfrente con la moral alta a las interminables cuestas del que los locales llaman monte Urgull. En vez de metamorfosearme en un paseante local, hubiera sido mucho más práctico haber hecho un reconocimiento aéreo en forma de pájaro.

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Seguí ascendiendo hacia la cima sin miedo mientras educadamente saludaba a los paseantes. Sé muy bien que doy el pego como terrícola si estoy bien disfrazado, y poco a poco voy aprendiendo las normas de vestimenta y comportamiento social. Pero, infiltrarme en las líneas enemigas siempre me pone nervioso, especialmente cuando imágenes como esta se muestran ante mí.

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Vale, de acuerdo, la Bahía de la Concha, muy bonita y todo eso pero, ¡las embarcaciones humanas estaban enfocadas hacia mi nave! Y yo que pensaba que había conseguido pasar desapercibido pero está visto que me tendré que andar con ojo. Creo que se comunican entre ellos con un extraño idioma de banderas que van colgando a lo largo de la playa. Verde y amarillo, amarillo y verde, no sé qué pasará cuando pasen a algún color más tétrico. Me puse tan nervioso que estuve a punto de abandonar la misión pero mi espíritu explorador pudo con todos mis miedos. Al menos hasta que me encontré con esto un poco más adelante:

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Una tumba. Una puñetera tumba preparada para recibir algún desdichado explorador que se había atrevido a adentrarse demasiado en tierra hostil. ¡¡¡UNA TUMBA!!! Afortunadamente, no había ningún terrícola en los alrededores y lo pude explorar con relativa tranquilidad. El lugar parecía vacío, al menos sobre la tierra porque tumbas, lo que se dice tumbas, había un puñado. A saber qué pobre desgraciado había acabado bajo cada una de ellas. Intenté calmarme y descubrí que a aquel bonito y apacible lugar lo denominan “Cementerio de los Ingleses”. Misterioso y enigmático lugar en el que se siente la historia de la ciudad.

Seguí ascendiendo hasta llegar a la fortaleza que domina la ciudad y ahí es donde me calmé un poco. La verdad es que las defensas del lugar me parecieron bastante…

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Arcaicas. Una fortaleza de piedra con media docena de cañones no es la mejor manera de defender una ciudad. De hecho, parece ser que el lugar dejó de ser un enclave militar hace siglos para convertirse en rincón turístico. Incluso se realizan ceremonias de matrimonio en este bonito emplazamiento. Bonitas vistas, no lo niego, pero hacer subir semejantes cuestas a los invitados no se lo deseo ni a mi mayor enemigo. No sé, todo esto me huele raro, no me acabo de creer que sólo sea un sitio turístico.

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Estoy convencido que semejante estatua debe esconder algo dentro. ¿Quizás un centro de operaciones secretas del gobierno? Visto de cerca, no me impresiona tanto como antes pero he de confesar que me sigue generando malestar. Estos terrícolas, perdón, ya he aprendido que los de esta zona se hacen llamar donostiarras, parecen buena gente. Aunque, puede que todo sea una fachada. Un explorador siempre ha de tener cuidado cuando se adentra en tierra extraña, si se descuida puede acabar convirtiéndose en la cena de alguien. Y a esta gente le gusta comer, así que si me despisto quizás acabo en alguna cazuela. ¡Ah! Por la tarde, como no, volvió a llover. Seguiremos informando.

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